11 de abril de 2026
Ser testigos de su presencia. Dos amigos alemanes, Alberto Durero y Franz Knigstein, luchaban para convertirse en artistas. Como apenas disponían de fondos para asistir a la universidad, decidieron que uno de ellos buscara un empleo y subvencionara al otro hasta que éste completara sus estudios. Entonces, éste último vendería sus cuadros para pagar la educación del otro. Echaron a suertes para decidir quién iría primero a la universidad. Durero fue a las clases y Knigstein se puso a trabajar. Durero resultó ser un genio. Después de haber ganado bastante dinero con la venta de sus cuadros, volvió para cumplir su parte en el trato. Sólo entonces comprobó, con dolor, el alto precio que había tenido que pagar su compañero. Los delicados y sensibles dedos de Knigstein habían quedado estropeados. Tuvo que abandonar su sueño artístico, pero no se arrepintió de ello, sino que se alegró del éxito de su amigo. Un día, Alberto sorprendió a Franz de rodillas y con sus nudosas manos ent...