2 de abril de 2025

Jn 5, 19-30

No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio.

La ciudad de Troya fue tomada e incendiada por los griegos, y sus habitantes huyeron como pudieron. Eneas era ciudadano de Troya. Tenía un padre muy anciano, Anquises, que no podía moverse. Eneas lo cargó sobre sus espaldas, y a su hijo de pocos años de la mano y se pusieron de camino. Yendo a lo largo de la costa, vieron un navío que los recogió a bordo y con viento favorable llegaron a Italia, atracando en Sicilia. En esta ciudad murió el anciano Anquises. Lantino, Rey de Laurentum, acogió a Eneas como enviado de los dioses y le dio a su hija en matrimonio. A la muerte de Lantino, Eneas fue proclamado Rey, y a la muerte de Eneas su hijo Julio Ascanio. ¿Qué podemos sacar de este hecho histórico? ¡Que toda obra buena, cualquier sacrificio por ayudar a los demás, tiene recompensa!

- ¿Te sacrificas por ayudar a tus padres? 

- ¿Piensas más en los demás que en ti?

Clemente de Alejandría en su exhortación a los gentiles, que compuso a fines, del siglo XX saluda a Jesucristo con estas encendidas palabras: «Salve, oh luz bajada del cielo, más pura que la del sol; más agradable que cuanto es dulce en la vida. El que la sigue, conoce sus errores, ama a Dios y al prójimo, cumple las leyes y obtiene la recompensa»...

Julián Escobar.


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