18 de marzo de 2026 Miércoles IV Semana de Cuaresma
«En verdad, en verdad os digo que el que oye mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna, y no viene a juicio, sino que pasa de la muerte a la vida.» Juan 5,17-30.
«Cada hombre, después de morir; recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre». (Catecismo, 1022). Para ayudar a la libertad de los que nos rodean, procuremos mostrarles la verdad, Jesús, Vida auténtica. Jesús continúa pasando en el mundo en ti, en mí, en los santos.
Huellas en la nieve. San Josemaría tiene unos 14 años y va camino del colegio. De pronto, algo llama poderosamente su atención: -Pero... ¿qué es eso? ¡Son huellas de pies descalzos que se alejan! ¿A quién pertenecerán? A cierta distancia descubre un religioso carmelita descalzo que se dirige a su convento, situado en las afueras de la ciudad. "¡Son suyas!, se dice Josemaría, ¡Pobre sacerdote! ¡cuánto frío estará pasando!" Este hecho le remueve el corazón. "Si ese carmelita es capaz de sacrificarse así por amor a Dios, ¿qué es lo que yo debo hacer por Él?"
-“¡Aclamad cielos y exulta tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría. Pues el Señor consuela a su pueblo, y de sus pobres se compadece”. ¿Cómo puedo yo estar en ese plan? En medio de todas mis pruebas, ¿cómo vivir en ese clima? Y en el contexto del mundo, tan frecuentemente trágico, ¿cómo permanecer alegre, sin dejarse envenenar por el ambiente de derrota y de morosidad? Comprometerme, en lo que está de mi parte, a que crezca la alegría del mundo. Dar «una» alegría a alguien... a muchos.

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