5 de marzo de 2026 Jueves II Cuaresma
Les dijo Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que, si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’»” Lucas 16,19-31
El rico se dedica a sus placeres. Y Lázaro, “echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico, pero hasta los perros venían y le lamían las llagas”. Al final los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada. Ya Platón veía a Dios al que se le presentan almas que por sus excesos son desfiguradas, pero también “ve ante sí un alma diferente, una que ha transcurrido una vida piadosa y sincera [...], se complace y la manda a la isla de los bienaventurados”.
Dice Benedicto XVI: “Hemos de notar aquí que, en esta parábola, Jesús no habla del destino definitivo después del Juicio universal, sino que se refiere a una de las concepciones del judaísmo antiguo, es decir, la de una condición intermedia entre muerte y resurrección, un estado en el que falta aún la sentencia última”.
Me da paz que el Papa diga esto, pues desde pequeño pensé que el rico no podía en la parábola estar en el infierno, pues tenía ciertos sentimientos de preocupación por los de su familia, y en el infierno no hay amor. La Madre Teresa de Calcuta nos decía que hay que amar “hasta que nos duela”. A veces nos toca repartir caramelos entre nuestros hermanos o amigos y nos quedamos con muy pocos, y nos duele dar, pero estamos contentos. Es la alegría del dar. Vamos a hablar con la Virgen: ¿en qué me puedo dar más?
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