21 de diciembre de 2025
Domingo IV Adviento
Cuando nos veamos tentados por la acedia, entonces, con lágrimas, dividamos nuestra alma en dos partes: una parte que consuela y otra que es consolada. Así, sembramos en nosotros mismos semillas de una esperanza inquebrantable cuando cantamos con el rey David: «¿Por qué te entristeces, alma mía, y por qué te me turbas? Espera en Dios porque le alabaré; salud de mi rostro y Dios mío».
«...María, que estaba desposada con José, y antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era bueno, y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto, pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños el ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”.»
José se reduce a «ver, oír y callar». El Evangelio se limita a decimos, que «vio» el misterio que se estaba desarrollando a su alrededor y que no podía comprender; que «oyó» en sueños a los enviados de Dios que le decían que acogiese a su mujer en su casa o que tomase al niño y su madre para emigrar a Egipto. Y, sobre todo, se nos dice que «calló»
Comentarios