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21 de abril de 2024

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No se puede hablar sin emoción de los recuerdos que dedica San Agustín a la muerte de su madre, Santa Mónica. Agustín y su hermano Navigio están junto a su madre moribunda. Navigio sufre porque su madre tenga que morir en el extranjero y no en su patria. Pero Mónica, agonizante, les dice: “Sepultad mi cuerpo en cualquier lugar. No os preocupéis de él. No os pido más que una sola cosa: que os acordéis, de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar en que os encontréis” (Confesiones 50, 9, c. 11). ¡Palabras, verdaderamente cristianas! ¡Ojalá sea también el primer pensamiento que se nos ocurra con respecto a nuestros difuntos: recordarlos ante el altar del Señor! Cuántas flores y coronas envían los hombres a los entierros —lo cual es una cosa hermosa—, pero esto es más bien consuelo de los que se quedan; al muerto no le aprovechan de nada. Lo que realmente le sirven son nuestras oraciones, nuestras buenas obras, las misas que hacemos celebrar por él Carlos V, rey de España, puso en c

20 de abril de 2024

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Hay que estar plenamente convencidos de que, quienes prescinden de la Eucaristía, no pueden alcanzar las más elevadas cumbres de la santidad, a las que han llegado tantos y tantos santos católicos, que han centrado su vida y su amor en el Cristo del sagrario. Podemos decir con seguridad y firmeza que la Eucaristía es el lugar privilegiado de nuestro encuentro con Dios, es el lugar más importante, más deslumbrante y emocionante para encontramos con El. No puede haber en el mundo presencia más importante de Dios que la que tiene lugar a través de Jesús Eucaristía. Éste es el lugar de máxima cercanía con Dios. Allí lo encontramos más cercano y amigo de los hombres. Por ello, la Eucaristía es el mayor medio de santificación que pueda existir para el hombre, que quiere amar a Dios con sinceridad de corazón. Jesús desde el sagrario te está diciendo: “Te he amado desde toda la eternidad” (Jer. 31,3). “Tú eres precioso a mis ojos, muy querido y YO TE AMO... No tengas miedo, porque yo estoy co

19 de abril de 2024

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Pongamos el caso peor: He vivido como si existiera el otro mundo. Me he esforzado por ser honrado, por ser íntegro y por vivir con rectitud moral, sin dejarme sobornar ni corromper. Llega la muerte. Y resulta que nada existe después. ¿Qué pierdo en este caso? Lo más que he podido perder ha sido la alegría discutible de los pecaminosos goces terrenos; pero aun así he disfrutado del sentimiento estimulante que acompaña al hombre que camina por las sendas de la honradez. Y, si hay otro mundo, entonces lo he ganado todo. Mas veamos el otro caso: He vivido como si no existiera el más allá; he sorbido frívolamente los goces pecaminosos que puede ofrecer la vida. Muero. Y, entonces, se pone de manifiesto que no hay nada más allá de la muerte. ¿Qué he ganado entonces? Las alegrías engañosas, que hace tiempo pasaron, de los goces dañinos. ¿Y si resulta que hay un más allá? ¿Qué he perdido entonces? Ah, entonces lo he perdido todo. ¡Todo! ¡Para siempre! “No moriré del todo”, escribió Horacio,

18 de abril de 2024

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Supongamos que un buen día se apareciera Jesús de nuevo en la tierra y fuera predicando y haciendo milagros por pueblos y ciudades. ¿No sería soberbia de nuestra parte decir: yo ya tengo a Cristo en mi corazón y no necesito nada más? Una cosa es decir “creo en Cristo” y “amo a Cristo” y otra cosa es la plenitud de vida con El, que se logra con más facilidad e intensidad a través de la unión con El en la comunión eucarística. Y, sin embargo, nuestros hermanos separados hablan mucho de Cristo, pero no tienen a Cristo completo, pues les falta esta dimensión humana de Jesús; ya que, en nuestra alma, está sólo Cristo como Dios y no como hombre, y debemos ir a la Eucaristía para poder unir nuestra humanidad con la suya y por ella unirnos a la Trinidad. La Vble. María Celeste Crostarosa, afirmaba: “La humanidad de Cristo es siempre la puerta para entrar a Dios... Nadie puede olvidarse de ella por muy sublime que sea el grado de unión con Dios que haya alcanzado”. Y le daba tanta importancia a

17 de abril de 2024

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Una vez, alguien le dijo a Sta. Teresa: Si yo hubiera podido vivir en tiempo de Jesús y hubiera podido hablar con El y tocarlo y verlo... mi vida hubiera sido diferente. Y ella respondió: ¿Pero es que no tenemos en la Eucaristía al mismo Jesús? ¿Para qué buscar más? Por eso, S. Pedro Eymard decía: “Ahí está Jesús. Por tanto, todos debemos ir a visitarlo diariamente”. Muchas veces, me he preguntado qué sería del mundo sin la Eucaristía, sin el amigo, Dios y hombre, Cristo Jesús. Yo, personalmente, después de haber podido disfrutar de su presencia gloriosa en este sacramento, sentiría que me faltaba algo, nuestras iglesias me parecerían vacías sin esa presencia sublime de Jesús Eucaristía. Nadie me podría llenar ese vacío ni con toda su oratoria ni con toda su oración. Por eso, ¿qué podemos decir a quienes no aceptan a Cristo Eucaristía? Ellos son como aquellos esposos que sólo quisieran amarse por teléfono por creer que no necesitan de su presencia física. Así son todos los que creen

16 de abril de 2024

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Sta. Teresa de Jesús nos dice que podemos dejar a un lado las imágenes de Jesús, cuando estemos delante de Él , vivo y presente en la Eucaristía. Dice así: “No veis que es bobería dejar en aquel tiempo la imagen viva y la misma persona para mirar al dibujo? ¿No lo sería, si tuvieseis un retrato de una persona que quisiereis mucho y la misma persona os viniese a ver dejar de hablar con ella y tener toda la conversación con el retrato? ¿Sabéis para cuándo es bueno y santísimo y cosa en que yo me deleito mucho (tener imágenes)? Para cuando está ausente la misma persona, entonces es un gran regalo ver una imagen de N. Señora o de algún santo, a quien tenemos devoción, cuánto más la de Cristo... Desventurados estos herejes que carecen de esta consolación... Pero, acabando de recibir al Señor teniendo la misma persona delante, procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrir los del alma y miraos al corazón” (CP 61,8). Y, sin embargo, ¡cuántos católicos prescinden fácilmente de las bendiciones de

15 de abril de 2024

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La palabra “Cristo”, que quiere decir ungido, o Jesús, que quiere decir Salvador, nos está hablando de su humanidad; pues para salvar y ser ungido tuvo que hacerse hombre y tomar nuestra naturaleza humana. Él quería ser amigo de los hombres para que pudiéramos sentir el calor de su mano, la dulzura de su voz, el amor de su corazón... Para que pudiéramos sentirlo cercano y no le tuviéramos miedo. Por eso, ahora esconde su divinidad bajo las apariencias de un poco de pan. Él es el “Emmanuel”, que quiere decir, Dios con nosotros (Mt 1,23; Is 7,14). Él es “el mediador de la nueva alianza” (Heb 12,24), es decir el puente entre la humanidad y la divinidad. Pero sólo es mediador en cuanto hombre, como dice S. Agustín (C. de Dios 11,2). Por esto, S. Pablo nos dice con toda claridad: “Uno es Dios y uno también es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús” (1 Tim 2,5). Aquí recalca Pablo la palabra el hombre Cristo Jesús para que no prescindamos de su humanidad y no busquemos