21 de junio de 2018

Reinando el emperador Valente (+ 378), que protegió a los arrianos y persiguió a los católicos, había en Edessa (Mesopotamia) gran número de cristianos. Habiendo sido cerradas todas sus iglesias por orden del emperador, se reunían los domingos y fiestas en un lugar a propósito de la ciudad para asistir a los divinos oficios.
Enterado esto por el emperador, ordenó que fueran llevados a la muerte los cristianos que seguían reuniéndose en aquel lugar. Pero Modesto, prefecto de la ciudad, menos cruel que el emperador, advirtió secretamente a los fieles, exhortándolos a que no se reuniesen. El resultado fue que se reunían en mayor número para santificar las fiestas. De manera que iban alegremente a la misa, dispuestos a morir. Había entre ellos una pobre mujer que, con un niño en brazos, iba de prisa al lugar de las reuniones, y para llegar a tiempo no se entretenía ni a cerrar la puerta de su casa. Modesto la detuvo y le preguntó:
- ¿Adónde vas corriendo?
- A santificar la fiesta.
- Pero ¿no sabes que corres a la muerte?
- Sí, lo sé; y por eso me apresuro, para no perder la ocasión de dar la vida con mi niño por una cosa tan santa, como es la Misa.
Modesto, asombrado ante tanto valor, fue a referir el hecho al emperador y le disuadió del bárbaro proyecto, induciéndole a que revocara la orden dada.

- ¿Santifica usted las fiestas participando en la Misa?
Julián Escobar.


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