23 de junio de 2018

Hay en la historia de las misiones cuadros conmovedores que conviene recordar para que se avive en nosotros el amor a los misioneros y el deseo de rezar por ellos.
Un obispo vino de China en busca de apóstoles para aquellas regiones. Reunió a varios seminaristas en la capilla. Entre todos ellos se fijó en uno de inteligencia nada común y de honda piedad. El joven era ya sacerdote, y el obispo le llamó:
- Joven, ¿por qué no vienes conmigo a China a predicar el evangelio de Cristo a aquellas almas abandonadas? Al joven no le cogió de sorpresa la pregunta, pues muchas veces había pensado en ello.
- Señor obispo le contestó, ése sería mi mayor anhelo; pero tengo madre y ya es viejecita. Soy su único apoyo. Habrá que esperar a que Dios se acuerde de ella; ese día iré a China.
El obispo calló. Días más tarde estaba el joven sacerdote en su humilde hogar con su madre viejecita, cuando, de pronto, llamaron a la puerta. Apareció allí la sotana morada del obispo chino. La madre le vio, se arrojó a sus pies y le besó el anillo. La bendijo el prelado, se levantó la vieja, y entonces fue el obispo el que se arrojó a sus pies.
- Mujer -le dijo-, vengo a pedirte a tu hijo, pero a pedírtelo para Jesucristo.
La santa anciana levantó los brazos y los ojos al cielo y contestó:
- ¡Para Jesucristo! ¡Para Jesucristo! ¡Llevadlo! ¡Llevadlo! ¡Sólo para Jesucristo!
Días más tarde el hijo embarcaba. La madre le despidió con abrazos y del muelle corrió a sepultarse en un asilo de ancianos. Su hijo murió mártir en China.
- ¿Anuncia usted el Evangelio a sus amigos con ejemplo de entrega y generosidad?
Julián Escobar.


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