26 de junio de 2018

En una ciudad en que había feria, entre otras barracas estaba la de un vendedor de cuadros que tenía una exposición a la venta. Los motivos pintados eran bien diversos, y, entre generales, príncipes y ministros conocidos o no, entre animales de la fauna indígena y exótica, se hallaba un crucifijo. Pronto se vendieron todos los cuadros. Sólo el crucifijo no encontró nadie que se interesara por él.
Un ciego pasaba por aquel camino. El muchacho que hacía de lazarillo se detuvo y se puso a mirar. Le preguntó el ciego qué era lo que miraba.
-¡Ah! – respondió el muchacho, hay colgada tan sólo una imagen de nuestro Salvador, parece que nadie la quiere, mientras que todos los demás cuadros se han vendido ya.
Dijo entonces el ciego:
- Es que cada cual compra su ídolo; voy a comprar yo a mi Dios y Señor.
El vendedor se burló de él:
- ¿Para qué quiere usted la cruz, cieguecito, si no ve nada?
- Se equivoca, amigo – repuso el ciego-; nosotros, los ciegos, vemos a veces más que los que tienen vista.
Y compró la cruz con el dinero que sacaba de sus limosnas.
Julián Escobar.


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