Una gozosa experiencia. Martes 23 abril.

«…María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: 
“He visto al Señor y me ha dicho…”».

«No hace mucho —nos contaba una madre de familia—, me desperté en medio de una noche de luna y me quedé mirando el perfil de mi único hijo, recortado sobre la pared de la alcoba. Me sentí embargada por un silencio amoroso, sólo interrumpido por su suave respiración. Finalmente, cerré mis ojos, comprendiendo profundamente lo fundamental que era aquel silencio, sólo acompañado por un suave respirar. Me había dado cuenta de lo profundo que es un silencio acunado por el amor. 

María conservaba y meditaba todo en su interior. Lucas 2, 19
La fe de María no pereció al pie de la cruz. Ni quedó sepultada en la tumba de su hijo. Estaba viva en su corazón. Había recibido una promesa: «su reino no tendrá fin» (Lc 1, 33).
Al contrario que los demás discípulos, María no necesita la «prueba» de la Resurrección. «Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29) —había dicho Jesús—. María no necesita signos tangibles.
Pide a María que te consiga la gracia de creer totalmente que el Señor ha resucitado y está presente dentro de ti, para que tú también sientas un gozo y un consuelo profundos. Después, pide lo mismo a Cristo y al Padre.
Ciertamente, no le faltan
ni el poder ni la voluntad para hacerlo.
Ella es la Reina del cielo,
ella es compasiva
y ella es la Madre del Unigénito.
San Bernardo
Julián Escobar.


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