1 de octubre de 2019

«Y envió por delante unos mensajeros» (Lucas 9, 51-56)
Jesús, en su camino hacia Jerusalén, envía a unos mensajeros, para que le preparen un lugar donde pasar la noche. Pero no te acogieron «porque daba la impresión...» ¡Cuántas excusas nos buscamos cuando no aceptamos a una persona o una situación!
Si queremos ser un verdaderos cristianos, mensajeros de tu palabra divina, hemos de aprender a practicar la paciencia y la caridad con la que el Señor trata a los que no le entienden, e incluso, a los que le odian y le clavan en la cruz.

«La paciencia es la que nos recomienda y guarda para Dios; modera nuestra ira, frena la lengua, dirige nuestro pensar conserva la paz, endereza la conducta, doblega la rebeldía de la pasión, reprime el tono de orgullo, apaga el fuego de los enconos, contiene la prepotencia de los ricos, alivia la necesidad de los pobres, protege la santa virginidad de las doncellas... Mantiene en humildad a los que prosperan, hace fuerte en las adversidades y manso frente a las injusticias y afrentas. Enseña a perdonar luego a quienes nos ofenden y a rogar con constancia e insistencia cuando hemos ofendido. Nos hace vencer en las tentaciones, nos hace tolerar las persecuciones, nos hace consumar el martirio. Es la que fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe; levanta en alto nuestra esperanza. Nos lleva a perseverar como hijos de Dios, imitando la paciencia del Padre» (San Cipriano).

Julián Escobar.


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