18 de octubre de 2019

“No  tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer  más» (Lucas 12,1-7).
La misericordia y el perdón divinos nos hacen vivir sin miedo, con amor, con  sinceridad. 
El discípulo de Jesús  debe proceder sin disimulo, sin doblez, sin mentira. Su conducta debe ser  siempre franca, como quien obra a la luz del día, como en plena plaza.
¿Cómo puedo tener miedo? Le decía S.  Tomás Moro a su hija: “Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy  cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo  totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a  causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será  alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda  certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará  que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de  relieve... nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere,  por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”. Esto es fe en la  providencia, vivir el Evangelio, estar en la verdad…
¿Considero así mi vida? ¿Me contento con ir tirando...?
 ¿Estoy atento al  esfuerzo misionero de la Iglesia de hoy?
¿Me considero como un  privilegiado, -un aprovechado- de la fe, o como un cristiano, un participante  al proyecto de todos los hombres en Cristo?
Julián Escobar.


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