27 de octubre de 2019. El fariseo y el publicano

El Evangelio de este domingo es la parábola del fariseo y del publicano.  El fariseo representa al que se siente en orden con Dios y mira con desprecio al prójimo. El publicano es la persona que ha errado, pero lo reconoce y pide por ello humildemente perdón a Dios; no piensa en salvarse por méritos propios, sino por la misericordia de Dios. La elección de Jesús entre estas dos personas no deja dudas, como indica el final de la parábola: este último vuelve a casa justificado, esto es, perdonado, reconciliado con Dios; el fariseo regresa a casa como había salido de ella: manteniendo su justicia, pero perdiendo la de Dios.
Jesús decía sus parábolas para la gente que le escuchaba en aquel momento. En una cultura cargada de fe y religiosidad. En nuestra cultura secularizada y permisiva, los valores han cambiado. Lo que se admira y abre camino al éxito es más bien lo contrario de otro tiempo: es el rechazo de las normas morales tradicionales, la independencia, la libertad del individuo. Para los fariseos la contraseña era «observancia» de las normas; para muchos, hoy, la contraseña es «trasgresión». Decir de un autor, de un libro o de un espectáculo que es «transgresor» es hacerle uno de los cumplidos más anhelados.
Hoy se da la vuelta a los términos de la parábola. Parece que hay quien ora así: «¡Te doy gracias, oh Dios, porque soy un ateo!».
Rochefoucauld decía que la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud. Se tiende especialmente por parte de los jóvenes, a mostrarse peor y más desvergonzado de lo que son, para no parecer menos que los demás. Y vd ¿es hipócrita? ¿Le encanta presentarse como desvergonzado para caer bien?
Julián Escobar.


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