I Semana de Adviento Jueves (Mt 7,21.24-27).

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de  los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en  los Cielos. ”
En algunos libros antiguos de oración se encontraba a veces la imagen de Jesús jardinero, que ata un pequeño arbol a un palo de apoyo. No lo hace para limitar el crecimiento de la planta, sino para darle estabilidad y fuerza para resistir el viento, para que no se rompa. Este es el sentido de los mandamientos.  El de hacer la Voluntad de Dios como la hizo María la Virgen.
«He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.» Y en aquel instante el Hijo de Dios se encarnó en las purísimas entrañas de María, por obra del Espíritu Santo. Con devoción besan los fieles esa casa, que hoy se halla dentro de un templo en Loreto, en Italia. Según una tradición, los ángeles la llevaron por los aires, primero a Dalmacia, y de allí a Loreto. Saludad a María con la devoción y fervor con que la saludó el ángel, y como la saludó Santa Isabel. Nosotros podemos decir:¿de dónde a mí tanto bien, que la Madre de mi Señor, sea mi Madre?
Cuando el Niño Jesús no había nacido aún ya le dirigían oraciones el pueblo que lo esperaba. Cuando la dureza de los hombres le arrojó de Belén a un establo, el beso y el abrazo de la Virgen Santa calentaron al Niño Jesús, que tiritaba. Cuando la crueldad de Herodes los obligó a huir a Egipto, aquel pecho virginal fue refugio seguro del Niño Dios. Cuando el Salvador empezó a crecer le vigilaba día y noche. Y cuando, agonizaba el Redentor en el Gólgota, su Madre, estaba firme, demostrando su fidelidad, al pie de la cruz.
Donde están la fe, la esperanza y la caridad, allí
tiene Dios su retrato (San Agustín).
Julián Escobar.


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