21 de enero de 2020

Los judíos han mitificado el sábado, como algo santo, divino, y Jesús les dice que «el sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado». Jesús no quiere que la norma esté por encima de la persona hasta agobiarla. La norma es para ayudar a al persona: «Mi yugo es ligero, yo os doy descanso. El Hijo del hombre es el verdadero señor del sábado. Pues el Hijo del hombre es ahora el sábado de Israel; es nuestro modo de comportarnos como Dios» (rabino Neusner). Esto significa, para un judío, ponerse en lugar de Moisés, como el nuevo Moisés que explica en nombre de Dios la ley y su lugar. Está en juego la reivindicación de autoridad por parte de Jesús: «Ahora Jesús está en la montaña y ocupa el lugar de la Torá… Tu maestro ¿es Dios?"» (id).
Hoy como ayer, tomamos el rábano por las hojas, y entendemos muchas veces la moral como cumplir cosas. Estamos muy contaminados por cuanto dijo Kant (en “Lo bello y lo sublime”), cuando afirma que la ética no está en la bondad del corazón, que lo ético hay que situarlo en las normas externas a la persona… en cumplir. Esta separación entre ética y corazón del hombre, es causa de muchos males.
San Agustín lo resumió con aquel: “Ama y haz lo que quiera: “¿Lo hemos entendido bien, o todavía la obsesión por aquello que es secundario ahoga el amor que hay que poner en todo lo que hacemos? Trabajar, perdonar, corregir, ir a misa los domingos, cuidar a los enfermos, cumplir los mandamientos..., ¿lo hacemos porque toca o por amor de Dios?
Julián Escobar.


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