29 de febrero de 2020

Evangelio (Lc 5,27-32) 
No he venido a llamar a la conversión a justos, sino a pecadores. 
Por causa de nuestros pecados creemos que es difícil que el Señor se fije en nosotros para colaborar con Él. Pero, Jesucristo, para sacarnos de toda duda, pone como primer evangelista al cobrador de impuestos Leví, a quien le dice sin más: «Sígueme» (Lc 5,27). 

Leví sufría rechazo por recaudar impuestos para los romanos y por  quedarse  “comisiones”, que ahogaba a los pobres. Jesús escogió a pecadores también: «Para confundir a los fuertes, ha escogido a los que son débiles a los ojos del mundo» (1Cor 1,27). Son éstos los que necesitan al médico, y sobre todo, ellos son los que entenderán que los otros lo necesiten. Hemos de huir de pensar que Dios quiere expedientes limpios e inmaculados para servirle.  Dios quiere corazones contritos y humildes. Precisamente, «Dios te ha escogido débil para darte su propio poder» (San Agustín). Éste es el tipo de gente que, como dice el salmista, Dios no menosprecia.

Se cuenta en la vida de santa Gertrudis, la mística alemana del siglo XIII, que un día estaba en oración y el Señor le dijo:
- Gertrudis, dame la llave.
- ¿Qué llave, Señor?
- La llave de tu corazón.
- ¿Para qué, Señor?
- Para entrar y salir de tu corazón necesito tu voluntad.
¿Estás dispuesto a entregarle tu voluntad y hacer siempre y en todo la voluntad de Dios?
Ayunar de enfados y ser pacientes
Julián Escobar.


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