19 de marzo de 2020

Evangelio (Lc 11,14-23) 
Si por el dedo de Dios expulso yo los demonio, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. 
«Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo» (Lc 11,14). Cada vez que nos hablan del demonio, quizá nos sentimos un poco incómodos. Pero es cierto que el mal existe, y que tiene raíces tan profundas que nosotros no podemos conseguir eliminarlas del todo. Pero Jesús ha venido a combatir estas fuerzas del mal, al demonio. Mientras que la gente se maravilla de lo que ha obrado Jesucristo, «algunos de ellos dijeron: ‘Por Belzebu, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios’» (Lc 11,15). La respuesta de Jesús muestra la absurdidad del argumento de quienes le contradicen. La desunión es un fermento maléfico y destructor. Es bueno que meditemos cuál es nuestra colaboración en echar el mal de nosotros y de nuestro alrededor. Preguntémonos: ¿pongo lo necesario para que el Señor expulse el mal de mi interior? Porque «del corazón del hombre salen las intenciones malas» (Mt 15,19). Es muy importante la respuesta de cada uno.
Que María interceda ante Jesús, su Hijo amado, para que expulse de nuestro corazón y del mundo cualquier tipo de mal (guerras, terrorismo, malos tratos, cualquier tipo de violencia). María, Madre de la Iglesia y Reina de la Paz, ¡ruega por nosotros!
La sola corrupción de costumbres, si no se ha extinguido ya del todo la luz de la fe, deja al menos la esperanza de la enmienda; mas, si unís la perversidad de costumbres y la falta de fe e ignorancia, ya es casi imposible el remedio y sólo queda abierto el camino de la ruina. (Pío X)
Julián Escobar.


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