22 de marzo de 2020

Evangelio (Jn 9,1-41): 
Vete, lávate.
Jesús fue causa de una gran alegría para aquel ciego de nacimiento a quien otorgó la vista corporal y la luz espiritual. El ciego creyó y recibió la luz de Cristo. En cambio, aquellos fariseos, que se creían en la sabiduría y en la luz, permanecieron ciegos por su dureza de corazón y por su pecado. De hecho, «No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista» (Jn 9,18). San León Magno nos exhorta: «Si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días de Cuaresma nos invitan a hacerlo de manera más urgente». Sólo una cosa nos puede apartar de la luz y de la alegría que nos da Jesucristo: el pecado.  San Agustín, partiendo de su propia experiencia, afirmaba que no hay nada más infeliz que la felicidad de aquellos que pecan. La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección.
¡Yo quiero, quiero!
Quiero hacerme dueño de mis sentidos y de mis sentimientos.
Quiero poner orden en mis pensamientos.
Quiero pensar antes y sólo hablar después.
Quiero tomar consejo antes de obrar.
Quiero aprender del pasado, pensar en el porvenir, y para esto
hacer fructificar el presente.
Quiero trabajar con alma y vida, padecer sin palabra de queja, vivir siempre sin claudicaciones, y un día –con la esperanza de la bienaventuranza eterna– morir con tranquilidad.
Julián Escobar.


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