25 de marzo de 2020

Evangelio (Jn 5,17-30): 
En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna. 
El Evangelio nos habla de la respuesta que Jesús dio a algunos que veían mal que Él hubiese curado a un paralítico en sábado. Jesucristo aprovecha estas críticas para manifestar su condición de Hijo de Dios y, por tanto, Señor del sábado. Unas palabras que serán motivo de la sentencia condenatoria el día del juicio en casa de Caifás. En efecto, cuando Jesús se reconoció Hijo de Dios, el gran sacerdote exclamó: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia, ¿qué os parece?» (Mt 26,65).  Jesús afirma que su naturaleza y la del Padre son iguales, aun siendo personas distintas. Manifiesta de esta manera su divinidad. La lectura y la meditación del Evangelio ha de formar parte de nuestras prácticas religiosas habituales. En las páginas reveladas oiremos las palabras de Jesús, palabras inmortales que nos abren las puertas de la vida eterna. Como enseñaba san Efrén, la Palabra de Dios es una fuente inagotable de vida.
En los viejos tiempos al pecado se le daba el nombre de pecado, y para cometerlo se tenían que ocultar los hombres en la oscuridad. Pero ¿ahora? Los hombres excusan, más aún, pretenden justificar la caída moral, y en algunos casos hasta se hace ostentación de los desórdenes morales. Hoy día el pecado sale de su escondrijo y, desvergonzado, hace su trabajo a la luz del día. Sí, también hubo pecadores entre los antiguos, pero por lo menos se les daba este nombre. (Mons. Tihamér Tóth)
Piensa que si quieres ser amado, tienes que amar.
Julián Escobar.


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