4 de marzo de 2020

Evangelio (Lc 11,29-32) 
Así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación.
De la misma manera que Jonás dejó que lo arrojaran por la borda para calmar la tempestad que amenazaba con hundirlos, de igual modo permitió Jesús que le arrojasen por la borda para calmar las tempestades del pecado que hacen peligrar nuestras vidas. Y, de igual forma que Jonás pasó tres días en el vientre de la ballena antes de que ésta lo vomitara sano y salvo a tierra, así Jesús pasaría tres días en el seno de la tierra antes de abandonar la tumba (cf. Mt 12,40). Jesús dio su vida para salvar la nuestra.
Durante estos cuarenta días de Cuaresma, tenemos a alguien “mucho más grande que Jonás” (cf. Lc 11,32) predicando la conversión a todos nosotros: el propio Jesús.  «Pues Jonás era un sirviente», escribe san Juan Crisóstomo en la persona de Jesucristo, «pero yo soy el Maestro; y él fue arrojado por la ballena, pero yo resucité de entre los muertos; y él proclamaba la destrucción, pero yo he venido a predicar la Buena Nueva y el Reino». 
Un día que S. Benito José Labre, pobre mendigo, iba con la alforja al hombro y el cayado en la mano, pidiendo limosna de puerta en puerta, unos rapazuelos le tiraron piedras llamándole miserable y desgraciado. El les contestó, con la paciencia y tranquilidad de un santo Job: No, hijitos míos, solamente es desgraciado el que ofende a Dios. (La Catequesis de la Bañeza.)
Ayunar de excesivas preocupaciones y confiar más en Dios.
Julián Escobar.


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