21 de abril de 2020 Martes II de Pascua

Evangelio: Jn 3,7-15.
«No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu».

Dice el Señor con claridad; es necesaria una nueva vida para poder entrar en la vida eterna. No es suficiente con un ir tirando para llegar al Reino del Cielo, se necesita una vida nueva regenerada por la acción del Espíritu de Dios.
Él que ha sufrido hasta derramar la última gota de sangre por nosotros. Gracias al Espíritu que nos enviará, nosotros «podemos subir al Reino de los Cielos, por Él obtenemos la adopción filial, por Él se nos da la confianza de nombrar a Dios con el nombre de “Padre”, la participación de la gracia de Cristo y el derecho a participar de la gloria eterna» (San Basilio el Grande)

La estatua de mármol 
Uno de los monumentos en mármol del célebre camposanto de Génova representa a un padre muerto colocado en un ataúd y, delante de él, a su hija, que está de rodillas, con las manos juntas, casi muerta de dolor. Pero entre el padre muerto y aquella hija deshecha en llanto está Cristo, que extiende su mano sobre los dos: y allá, en el fondo, brillan estas dos palabras de Jesucristo como un rayo de sol que irrumpe del otro mundo: Yo soy la resurrección»
¿Naces cada día a la Fe, a la alegría, al amor?

Julián Escobar.


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