7 de abril de 2020

Evangelio (Jn 13,21-33.36-38)
Era de noche.
El pecador es el que vuelve la espalda al Señor. San Agustín describe el pecado como «un amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios». Una traición, fruto de «la arrogancia con la que queremos emanciparnos de Dios y no ser nada más que nosotros mismos; la arrogancia por la que creemos no tener necesidad del amor eterno, sino que deseamos dominar nuestra vida por nosotros mismos» (Benedicto XVI). Afortunadamente, el pecado no es la última palabra. Ésta es la misericordia de Dios. Pero ella supone un “cambio” por nuestra parte. Una inversión de la situación que consiste en despegarse de las criaturas para vincularse a Dios y reencontrar así la auténtica libertad. Sin embargo, no esperemos a estar asqueados de las falsas libertades que hemos tomado, para cambiar a Dios. Según denunció el padre jesuita Bourdaloue, «querríamos convertirnos cuando estuviésemos cansados del mundo o, mejor dicho, cuando el mundo se hubiera cansado de nosotros».  Cristo tiende sus brazos a todos. Nadie está excluido.

Mira al cielo
Cuando te sientas aturdido por las injusticias de este mundo, mira el cielo, busca la mirada de quien nunca te abandona
y siempre te perdona...
No existe mejor consuelo, búscalo entre las estrellas de la noche y pronto verás amanecer nuevas esperanzas... Él está velando por ti...

Piensa que si miras al Cielo llorando, 
las lágrimas no te dejarán ver nada.
Julián Escobar.


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