12 de mayo de 2020

Martes V de Pascua
Evangelio (Jn 14,27-31a):
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus  discípulos: Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.  
En la Cruz, con su  muerte venció a la muerte y al miedo. No nos da la paz como la da el mundo, sino  que lo hace pasando por el dolor y la humillación: así demostró su amor  misericordioso al ser humano.    En la vida de los hombres es inevitable el sufrimiento, a partir del día en que el  pecado entró en el mundo. Pero Dios, en su infinito amor, nos ha dado el remedio  para tener paz en medio del dolor: Él ha aceptado “marcharse” de este mundo con  una “salida” sufriente y envuelta de serenidad.    Jesús, sufres con serenidad porque complaces al Padre celestial con un acto de  costosa obediencia, mediante el cual te ofreces voluntariamente por nuestra  salvación.

SAN AGUSTÍN a la muerte de su madre, Santa Mónica.  Mónica, agonizante, les dice: “Sepultad mi cuerpo en cualquier lugar. No os preocupéis de él. No os pido más que una sola cosa: que os acordéis, de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar en que os encontréis” (Confesiones 50, 9, c. 11). Cuántas flores y coronas envían los hombres a los entierros pero lo que realmente le sirven son nuestras oraciones, nuestras buena sobras, las misas que hacemos celebrar por él. Los trapenses se saludan de esta manera: “Acuérdate de la muerte”. Y la fe en el Purgatorio nos dice: “Acuérdate de los muertos”. Porque la muerte es sólo el término de nuestra vida terrenal, no de nuestro amor por nuestros seres queridos.
¿Llevas paz a los demás o guerra?
Julián Escobar.


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