23 de mayo de 2020

Sábado VI de Pascua
Evangelio (Jn 16,23-28
Jesús dijo:  En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre,  pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí. 
Jesús nos hace participar de su misterio más preciado: Dios  Padre es su origen y es, a la vez, su destino. “Aquel” a quien los judíos denominan  Dios es el que nos ha enviado a Jesús; es, por tanto, el Padre de los creyentes. Y esta filiación divina de Jesús nos recuerda otro aspecto fundamental para nuestra  vida: los bautizados somos hijos de Dios en Cristo por el Espíritu Santo. Esto  contiene un misterio bellísimo para nosotros: esta paternidad divina adoptiva de  Dios hacia cada hombre se distingue de la adopción humana en que tiene un  fundamento real en cada uno de nosotros, ya que supone un nuevo nacimiento. Por tanto, quien ha quedado introducido en la gran Familia divina ya no es un extraño.    Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias porque la  Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria.

Resulta ridículo decir que cuando Miguel Ángel creó su incomparable estatua de Moisés o concibió la cúpula de San Pedro, fueron tan sólo sus manos, su lápiz, su cincel los que trabajaron; éstos y nadie más. Para mí, quien hizo el trabajo más importante fue el alma del artista; ella fue la que concibió y la que supo plasmar, encarnándolo en la materia, el pensamiento inmortal.
¿Justifica sus faltas y critica o condena las de los demás?
Julián Escobar.


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