JORNADA DEL DOMINGO DE RAMOS

 JORNADA DEL DOMINGO DE RAMOS

 Un Rey que no crea conflictos

En la mañana del domingo, 2 de abril del año 30, noveno día del mes de Nisán, un conjunto de circunstancias favorables hace que estalle incontenible el entusiasmo de los discípulos y el de las muchedumbres judías.

El hecho de la resurrección de Lázaro desborda todos los temores y prudencias. El torrente de los peregrinos de Galilea se convierte en riada al unirse a los que de Jerusalén salen a esperarles. El Maestro, por vez primera, no opone resistencia al homenaje popular. Si lo quiere, a Él le es más fácil ser alzado como rey de Judea que a David y a Salomón. Le sobran motivos, poderes y méritos. Él mismo ordena y orienta la entrada en la Ciudad Santa.

Betfagé debe su denominación a la abundancia de higueras y de higos. Término equivalente suyo en castellano sería ahigal. A la vista de este lugar, en la proximidad del Monte de los Olivos, a sólo dos mil metros de Jerusalén, Jesús indica a dos de los discípulos lo que han de hacer. Irán a la aldea que tienen enfrente. Desatarán a la borrica que hallen a la entrada y al pollino todavía no montado que la acompaña. Los amos de los animales les preguntarán: ¿Por qué hacéis eso? (Mc., XI, 3); ¿por qué desatáis al pollino? (Lc., XIX, 31). Y ellos responderán: El Señor los necesita; en seguida los devolverá (Mt., XXI, 3).

Sucede conforme a lo previsto. La llegada de la borrica y su asnillo alboroza a los discípulos. Arrojan sobre ellos sus mantos y hacen montar al Maestro. Más que la luz de la mañana ilumina la escena el esplendor de los milagros del Mesías. Esplendor de resurrección y «no precisamente poético sino —como se ha escrito—, histórico'>. Pronto percibirá Jerusalén los ecos de vaticinios de Zacarías, profeta del siglo vi a. de C., penúltima década:

—Exulta sin medida, hija de Sión;

lanza gritos de júbilo, hija de Jerusalén!

Mira que viene a ti tu Rey.

Justo Él y victorioso;

humilde y montado en un asno,

en un pollino, cría de asna (Za., IX, 9).

 

La mansedumbre de su Rey. Los poderosos de la tierra precisan engrandecerse y acrecentar su brillo personal humillando con frecuencia a las criaturas más nobles. Su Maestro, por el contrario, se honra honrando a las criaturas que, siendo útiles, son tenidas en menos por los hombres.

Un himno de júbilo brota de los pechos de todos. Lo difunden el Olivete y lo agranda el corte del torrente Cedrón. Muros y pórticos del templo de Salomón devuelven su eco:

Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel! (Jn., XI, 13).

Aclamaciones y recibimiento

Al escuchar estos clamores multitud de los llegados para celebrar la Pascua, toman también palmas y ascendiendo por el declive occidental del Olivete corren al encuentro. Abundan los testigos presenciales de los milagros obrados por el Nazareno. No faltan beneficiarios directos de-los mismos. El sentimiento unánime de gratitud represado hasta ahora por temor a los príncipes de los sacerdotes, a los romanos y a Herodes, estalla en aclamaciones que nada ni nadie lograrían contener:

—¡Bendito el reino que viene de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas! (Mc., XI, 10). ¡Bendito el Rey qie viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas! (Lc., XIX, 38).

La intención de los aclamadores es, evidentemente, más religiosa que política. Los seguidores interesados ha tiempo que fueron frenado. Lo que proclaman la presencia del Reino esta mañana, reconocen los derechos heredados y los merecimientos adquiridos de su Rey, pero remiten a su libre querer el modo, el sitio y el cuando de su efectividad definitiva. Se trata, en consecuencia, de una manifestación gozosa, pacífica, admirablemente espiritual. Ninguno esgrime armas y nadie es amenazado. No degenerará en un casus belli entre los propios judíos o bien entre éstos y los romanos vigilantes en la Torre Antonia. Sucede que la Pascua del año 30, concurrida cual ninguna, se conmociona con la llegada de su Cordero. La entrada oficial del Mesías sacude a la ciudad de David. Hasta los más indiferentes religiosamente no reprimen evitar una pregunta:

—Quién es éste?

—Éste es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea (Mt., XXI, 10-11), responden los que le aclaman y los informados.

 

Y a quienes la noticia les dice poco por ignorar lo acaecido en los tres años precedentes, les participan la nueva de la resurrección de Lázaro los numerosos testigos de la propia Jerusalén que la presenciaron. Difícilmente resta vecino o peregrino que esta vez deje de interesarse por el Galileo que ha resucitado al judío de Betania. Corren hacia el Templo y se agolpan en la muralla oriental, en las proximidades de la Puerta Dorada actual, para verle entrar montado en un pollino.

Reacciones fariseas. Lágrimas de Jesús

Los vítores al Hijo de David proseguirán hasta el interior del Templo. Molestos algunos fariseos, se acercan a Jesús y le conminan:

—Maestro, reprende a tus discípulos (Lc., XIX, 39).

La petición reconoce tácitamente la superior autoridad moral de Jesús y su poder práctico. Ellos no se atreven. Resultaría contraproducente en esta coyuntura. Provocarían un tumulto que daría lugar a la intervención armada de los romanos. Tachan al Nazareno de imprudente políticamente por permitir tales clamores. Le juzgan con su medida interesada y temporalista. No entienden el lenguaje de la gratitud y recalcitran en su escándalo. La respuesta es diametralmente opuesta a la esperada. El Maestro no retirará una sílaba de tales aclamaciones. Defiende a sus discípulos, confirma la verdad de sus clamores y alude, una vez más, a la falta de visión de los fariseos:

—Yo os digo que si estos callan gritarán las piedras (Lc., XIX, 40).

La insensibilidad de los adversarios le afecta menos que la vista de Jerusalén. Nadie la visitó con un amor más generoso que el de Él. Su propósito no fue otro que el de reunir en uno a los hijos de Sión. A ese objetivo han apuntado sus repetidas ascensiones al Monte Santo. Contempla ahora de cerca la Ciudad de David y se conmueve hasta las lágrimas al igual que acaeciera ante el sepulcro de Lázaro. Éste se hallaba muerto a la vida del cuerpo. Ella, Jerusalén, corre el riesgo de morir para siempre a la del espíritu.

En una parada y ante los que le rodean pronuncia palabras que el humano Lucas retransmite fielmente. Desea Él que al menos en esta efemérides la Ciudad Santa conozca el mensaje de paz que le trae su Príncipe. El, poder que da el dinero, el orgullo acrecentado por el esplendor material y el espiritual, más la fuerza persuasiva de las pasiones no sojuzgadas, ocultan a los ojos de ella la presencia de brillos, virtudes y esplendores muy superiores. Conmovido Jesús profundamente, revela la suerte que espera a la Ciudad Amada. El vaticinio inicia una serie de predicciones expresas:

—Vendrán días sobre ti en que tus enemigos te circunvalarán, te cercarán y te estrecharán por todas partes y estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti. Y no dejarán en ti piedra sobre piedra porque no has conocido el tiempo de tu visita (Lc., XIX, 4344).

El evangelista Juan confirma a su modo la información recogida por Lucas el helénico. Hay en la ciudad de David mentes inconmovibles como las montañas y corazones duros como las rocas. Cuanto hace, dice o permite hacer o decir el Nazareno, les da en rostro. No se atiende a la bondad de las causas ni a la limpieza de los medios. Sean cualesquiera los efectos, si se deben a Él, se blasfema sin más de ellos:

—Ya veis: no adelantamos nada. Todo el inundo se ha ido tras él (Jn., XII, 19).

Señor del Templo y Rey de Israel

La oposición fariseo-saducea está siendo vencida. Planes persecutorios y homicidas quedan sin ejecución y resultan estériles. El odiado Profeta se encuentra entre sus adversarios sin que nadie, ni siquiera ellos, ose prenderle. Más: actúa en el Templo, en la presencia de los jefes del mismo, como si actuara en su propia casa y santuario.

Ha penetrado en el sin precaución alguna. Los posibles sicarios se encuentran desarmados ante tamaña facilidad. Ciegos y cojos le cercan en este momento para que les sane. Escribas y príncipes de los sacerdotes ven con sus mismos ojos que Él los cura a todos con sólo querer. Son testigos de los milagros que obra pero no consienten en aceptar lo que los niños proclaman en la casa de Dios:

—Hosanna al Hijo de David! (Mt., XXI, 15).

¿Ayuda, favor de Dios, al hijo de José, el carpintero de Nazaret? Indignados porque Él permite y acepta aclamación semejante, le rodean y le preguntan furiosos:

—¿No oyes lo que dicen éstos?

—Sí —les responde con deferencia. Y añade:   -

—¿No habéis leído nunca que «de la boca de los niños y de los que todavía maman te has hecho alabar»? (Mt., XXI, 16).

 

La cita corresponde al versículo tercero del salmo octavo. Jesús mismo aduce 30 de las 43 citas que aparecen en Mateo. Con la presente, la 21 del propio Jesús, recaba para sí lo que ellos se obstinan en negarle: Su carácter y condición de Mesías. Se vale del conocimiento que poseen de las Escrituras y -de su profesión de maestros de Israel, para invitarles tácitamente a consultar la palabra de Yahvéh. Blasonan de autoridad y suficiencia, de sabiduría y de piedad. Ellas les deben bastar para dar con la verdadera causa de no adelantar nada, de que todo el mundo (vaya) tras él.

Nada le replican. Nada en rigor pueden responderle de no hallarse dispuestos de antemano a salir de un intelectualismo hostil y negativo. Moralmente están vencidos aunque no abandonen el campo.

Es Jesús quien al caer la tarde, luego de observarlo todo a su alrededor —anota Marcos—, deja el Templo y a sus jefes. Con los doce sale fuera de la ciudad y se encamina hacia Betania.

Parece como si el éxito de la jornada quedara sin rematar. La presentación triunfal del Mesías en la Casa del Padre, no ha culminado en la proclamación oficial del Rey de Israel. No se puede decir que le hayan faltado un cuerpo de ejército y un equipo de partidarios influyentes que Él, de propósito, ha venido evitando diligentemente. Tampoco le han fallado el calor y la disciplina de unos discípulos agradecidos y dóciles a sus designios. Más: La oposición de los contrarios se ha visto desbordada y se ha mostrado débil, en retirada y deliberadamente comedida. Dentro del mundo de los posibles cae un arreglo facilitado por ella mediante un cambio de impresiones.

Pero no; el Hijo del hombre no aspira a un bien cualquiera. Jesús busca una victoria definitiva, completa, única, total. Una victoria peculiar y exclusiva de Él.


(Lectura sosegada del libro: Jesús, Escándalo de los Hombres, de S. J. Manzano Martín) Julián Escobar.


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