Viernes - II parte

 Instituye el Sacramento de la Eucaristía

Es de noche en el corazón de Judas, de día en el del Maestro que repetidamente ha iluminado sus tinieblas y luego le ha exhortado a marcharse.

De día: Se sabe traicionado por uno de los Doce y cumple, no obstante, la promesa hecha trece meses antes, en la sinagoga de Cafarnaúm.

La cena llega a su fin. Judas acaba de salir. Los once apóstoles, silenciosos, impresionados, esperan una palabra de aliento. Entonces toma Jesús el pan y, dando gracias, lo bendice, lo parte y lo da a los discípulos presentes, diciéndoles:

Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros.

Del mismo modo toma un cáliz, da gracias, lo bendice y se lo da, diciéndoles:

Tomad y bebed todos de él, porque éste es el Cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.

La formulación doble elegida es la actual complexiva de la consagración eucarística entre los católicos. Integra la de los tres sinópticos y la de S. Pablo. La Iglesia Católica como Mateo, Marcos, Lucas y el Apóstol de las Gentes, no quitan ni ponen; no transmiten más que o lo que recibieron del Señor (Mateo, Marcos y Pablo) o de las enseñanzas y la práctica de los apóstoles y de las primeras comunidades de vida cristiana (Lucas).

Jesús les da la comida que permanece para la vida eterna, el pan verdadero del cielo, superior al maná sin posible comparación. Ellos verifican ahora el comer mi carne y el beber mi sangre prometidos y encarecidos ocho y cuatro veces, respectivamente, en la promesa del pan de vida en Cafarnaúm.

Por ser pan de Dios, de vida y vivo, es un alimento completo (para el alma y el cuerpo), para la multitud de los creyentes (como el de las dos multiplicaciones de panes y de peces, y que por razón de la mutación obrada en el pan y en el vino, se sustrae y supera a las leyes naturales (como ocurriera con el agua de Caná y al caminar Jesús y Pedro sobre las aguas del Tiberíades.

Nadie mayor enemigo de los equívocos doctrinales que el Maestro de los siglos. No hay engaño ni cabe que lo haya. Él siempre los deshizo. Durante su vida pública hasta esta semana, exclusive, esclarece y fija el pensamiento, como mínimo, en dieciocho asuntos, y marca y establece una posición en más de treinta situaciones teórico-prácticas. En Cafarnaúm entendieron muy bien que se refería a su Cuerpo y a su Sangre como comida y bebida. Él no diría que esto o este es mi Cuerpo y este es el cáliz de mi sangre, si no quisiera significar en los dos casos que obra lo que dice. Él no dice esto significa mi Cuerpo. Tampoco esta es la virtud de mi Cuerpo. Y ni siquiera esto contiene mi Cuerpo. Afirma clara y distintamente que lo que tiene en sus santas y venerables manos es su Cuerpo y que lo que hay en el cáliz es su Sangre. Las variantes de las versiones de Mateo, Marcos, Lucas y Pablo no sólo no niegan la verdad esencial, sino que la corroboran sólidamente con sus cinco identidades fundamentales. Las innúmeras explicaciones contrarias se estrellan todas contra una roca granítica: la obvia significación de las palabras de Jesús: Esto es mi Cuerpo; esta es mi Sangre. Ni el pan ni el vino eran signo natural o convencional del cuerpo y de la sangre de ser humano alguno. Admitidos los textos evangélicos, ha de admitirse igualmente su significación inmediata y objetiva. Pasarán quince siglos y Martín Lutero reconocerá que en el estudio de la cuestión «no hay forma de salir porque las palabras del Evangelio son demasiado claras y patentes».

Los once apóstoles, conmovidos, beben del cáliz que les ofrece Jesús. Son los primeros en intuir la maravillosa y singular conversión precisa para que la Carne y la Sangre de su Señor y Maestro les sirva de verdadero alimento y de verdadera bebida. Ahora, en cierto modo y según S. León Magno, pasan a ser aquello que reciben. Limpios todos ellos hasta de lo insignificante por el lavado de Jesús, moran en Él y Él en ellos. Viven la vida de Él y viven por Él como Él vive por el Padre. Ahora perciben, aceptan y experimentan mejor, quién es el Pan Vivo bajado del cielo y el Cordero de Dios que quita el pecado (o los pecados) del mundo. El pecado: La impiedad para con Yahvéh y con los formados a su imagen y semejanza. Los pecados: Cuantas acciones u omisiones vulneran el amor y el servicio que se deben a Dios y a sus hijos.

Funda el sacrificio y el sacerdocio de la nueva Ley

A más del Pan de Vida o Sacramento Eucarístico, Jesús instituye el Sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza y el sacerdocio de ese Sacrificio y de esa Alianza suprema y final.

Sangre hay en las dos alianzas. En la del Sinal, de novillos, derramada por Moisés, según sus palabras: Esta es la sangre de la alianza que Yahvéh ha hecho con vosotros (Ex., XXIV, 8). En la del Cenáculo, preámbulo de la del Calvario, del Hijo de Dios, según las suyas: Esta es mi Sangre, la de la Nueva Alianza, que será derramada por muchos en remisión de los pecados.

La primera fue pasajera y a costa de animales. La segunda es definitiva y a expensas del Cordero de Dios, el Cristo, el Hijo de Dios Vivo. Allí, sacerdote y víctima se diferenciaban; aquí se identifican. Allí había presagio y símbolo; aquí realidad y obra. Este sacrificio es nuevo y único e incruento y místico pero verdadero y real.

El Cuerpo será entregado y la sangre será derramada: El futuro se hace presente aquí en el Cenáculo, por la virtud omnipotente del Dios humanado. Después, a) en el Calvario, por lo mismo pero a manos de sus enemigos y verdugos; b) en la vida de cada ser humano, por su caridad y las manos de cuantos le crucificamos de nuevo con nuestros pecados e infidelidades; y c) en el sacrificio de los altares, por su palabra y la lengua de los sacerdotes ministeriales y reales que conmemoran, conforme a su mandato y deseo, lo que Él hizo. La orden y el ruego no se hallan en Mateo ni en Marcos pero sí en Lucas y en Pablo. Está en los cuatro, en cambio, la renovación de la primera alianza con esta segunda, divina y eterna. El Sacrificio por excelencia, queda instituido. Es más sincero que el de Abel (Gén., IV, 4), más efectivo que el de Abraham (Gén., XXII, 1-14), más sagrado que el de Melquisedec (Gén., XIV, 18-20). Es el Sacrificio del Sacerdote para siempre (Heb., VII, 23).

Los de su pueblo no habrán de infringir la prohibición de beber sangre de animales. Tampoco la de sacrificar vida humana alguna. Con la misma limpieza con que debe ser comido el cordero pascual, el que cree en Él puede y debe comer su Cuerpo y beber su Sangre bajo las especies o apariencias de este Pan y de este Vino. Este es, por otra parte, el sacrificio propio de la Alianza que anunciara Jeremías (XXXI, 31-34), aquella por la que pone y escribe su Ley dentro de los corazones, y ellos, Israel y Judá, chicos y grandes, son su pueblo y Él su Dios.

Y con el Sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza, el sacerdocio específico que lo inmole y ofrezca. Propio de los Apóstoles, los primeros sacerdotes ministeriales, es el consumar la edificación del Cuerpo de Cristo por el Sacrificio Eucarístico. Los once harán lo que Él, como Él, por y para lo mismo que Él. Mejor aún, le prestarán sus manos y sus lenguas para que el propio Hijo del hombre ofrezca al Nombre de Dios en todo lugar de la tierra y desde el orto del sol hasta el ocaso una oblación pura, como vaticinara el profeta Malaquías (I, 11).

Nada oponen los Apóstoles a las terminantes expresiones de su Maestro: Las palabras de Jesús son siempre dadoras pero jamás como en esta ocasión. Y nada oponen aquellos que hacen la obra de Dios, la que más grata le es: Dar crédito a su Enviado, Jesús. Por no dejar de ser Cuerpo de Cristo «saben los fieles», como observó S. Agustín, «lo que es el Cuerpo de Cristo». Tertuliano anotó lo que aprovechan: Caro Cor-pore et Sanguine vescitur ut et anima de Deo saginetur (la carne se alimenta con el Cuerpo y la Sangre —de Cristo— para que también el alma se nutra y llene de Dios).

Las dos exégesis eucarísticas de Pablo

El apóstol Juan no registra la institución de la Eucaristía. Había de ser tan esquemático como los tres sinópticos. Le basta con referir los preámbulos de la misma y su promesa. Esta viene a ser si no la primera, sí la más autorizada exégesis eucarística porque en ella a) anuncia y explana el Señor su propósito y los fines positivos del mismo, y b) porque fue escrita ocho lustros después que los tres evangelios precedentes.

Prescindiendo de Lucas, XXIV, 30 y 35, testimonios de la práctica eucarística los hay en los Hechos de los Apóstoles, II, 42 y 46, y XX, 7. Expresión consagrada para significar el sacrificio eucarístico fue la fracción del pan. Lucas, historiador culto y escrupuloso, se atiene a los hechos y hace historia no sólo de los tiempos posteriores a la conversión de Pablo sino también a los anteriores a la misma.

Singular importancia revisten las referencias del Apóstol de las Gentes en su primera carta a los de Corinto, redactada por la Pascua del 57, o sea, 27 años después de la institución de la Eucaristía. Son dos, una en el capítulo X, vv. 16-22, y otra en el siguiente capítulo, el XI, vv. 17-34. Para Pablo de Tarso beber del Cáliz del Señor equivale a comunión con la Sangre de Cristo. Y participar de la Mesa del Señor es sinónimo de comunión con el Cuerpo de Cristo. Por esto mismo vindica él, enemigo acérrimo e indomable de toda sombra de idolatría, la dignidad de la Cena del Señor y el respeto y el honor que se le deben. El comer y el beber ordinarios tienen sus lugares en las casas particulares. Pero el comer este Pan y el beber este Cáliz es para anunciar la muerte del Señor, hasta que venga, y reclama y exige la distinción nítida entre la Cena del Señor y cualquiera otra cena particular y ordinaria. De ahí que el fiel cristiano haya de discernir bien al comer y beber el Cuerpo de Cristo. Aquel que por no hacerlo, coma el Pan o beba el Cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre del Señor. En veinticinco versículos ha recordado por doce veces, al menos, las identidades Pan (o Mesa) = Cuerpo del Señor, y Vino (o cáliz) = Sangre del Señor. El dato es elocuente por sí solo. Con dificultad se ponderará suficientemente el valor exegético de tal instrucción apostólica ocasional.

Pablo no emplea eufemismos. Corinto era famosa en su tiempo por sus riquezas y por sus vicios. Aludiendo a su vida de lujo y de placer geógrafos como Estrabón y poetas como Horacio convienen en que no todos pueden ir a Corinto. No todo eran esplendores en la que Cicerón denominara totius Graeciae lumen. Más de mil prostitutas sagradas servían en el templo de Afrodita, sobre el Acrocorinto. Para Pablo, en consecuencia, no cabe comunión entre el Cáliz y la Mesa del Señor y el cáliz y la mesa de los demonios. Tampoco cabe conformidad entre el santuario de Dios y el de los ídolos. La distinción entre los cultos paganos y el cristiano fue neta desde los primeros momentos. Los intentos para rebajar la importancia del Sacrificio de la Nueva Ley, recurriendo a pretendidas imitaciones, han resultado vanos y contraproducentes. Lo corriente era que se diferenciaran como Cristo y Belial, la luz y las tinieblas, la justicia y la iniquidad (2 Cor., VI, 14, 15). Pretender sentar similitudes entre los más estrafalarios y degradantes y el cristiano, equivale —según las gráficas comparaciones de Ricciotti— a tomar. «luciérnagas por faroles» o a sostener «que un mosquito es enteramente igual a un águila en razón de .que los dos poseen alas y vuelan y se nutren de sangre». Las investigaciones más bien han contribuido a poner de manifiesto la imposibilidad de toda confusión. Las piquetas de los excavadores no han minado los fundamentos de una religión que no se apoya sólo o primordialmente sobre columnas y muros de piedra. Con el Sacrificio Cristiano ocurre lo que con el Dios Vivo de Israel. Este ha resultado tan superior a los dioses de Canaam que —según Dahood, estudioso de las excavaciones de Ras Samrah o Ugarit— «tanto conceptual como éticamente, apenas se concibe un préstamo teológico».

El mandamiento nuevo

La ingratitud, la alevosía, la traición, comprimen las fuerzas del amor y obstaculizan sus manifestaciones. Ha de salir Judas para que el Maestro instituya la Eucaristía y explaye sus afectos más íntimos. Los ha querido reservar para un ambiente sin recelos ni sospechas, de confianza y dilección. Aquel que es espléndido para con todos, no espera> no puede esperar más. Cualquier bien es difusivo de suyo. Y Él, Jesús, se le acepte o no como Mesías e Hijo de Dios, no es el más pequeño de los bienes.

Existe una interacción entre la gloria que Jesús viene dando al Padre y la que Él, el Hijo, ha recibido del Padre. Aunque haya hombres que se vuelvan de espaldas a la luz, la luz ha brillado entre los hombres. Las ovejas han conocido a su Pastor y le han escuchado y le han seguido. Y si por un momento se oscureciera y de hecho desapareciera la gloria del Hijo del hombre, el Padre hará que brille con nuevo e indeficiente resplandor. En la Fiesta de los Tabernáculos repitió a los judíos incrédulos que no podían ir a donde Él va. Lo mismo les dice ahora a sus discípulos pero con distinto tono (hijitos) y en diferente sentido: De momento, temporalmente, ellos no podrán acompañarle y compartir con Él su nueva morada y su renovada gloria.

Pero eso sí: Han de ser un reflejo vivo de lo más íntimo de su Ser: Como Él les ha amado, así ellos deben amarse unos a otros. Este es su nuevo mandamiento. Nuevo: La Ley mandaba amar al prójimo como a sí mismo (Lev., XIX, 18). Esto se espera del joven rico y de todo creyente sincero. El Señor manda a sus apóstoles que se amen recíprocamente con el mismo amor, humano y divino, con que Él, el Verbo de Dios les ama. Natural es que los seres humanos se amen por solidaridad de condición intelectual, espiritual y libre. Sobrenatural es amar al prójimo como a Jesucristo porque el Cristo ha querido que los suyos le vean y le traten en los prójimos. Todavía es más sobrenatural amarle con el amor con que Él ama a cada uno de los descendientes de Adán. No necesita el cristiano otro distintivo. Santo y seña suyo es este amor. Ninguno excusa de este y este integra a todos los demás. Sin pregonar su condición la hace patente ante los semejantes:

En esto conocerán todos que sois discípulos míos: Si os tenéis amor los unos a los otros (Jn., XIII, 35).

Predice las negaciones de Pedro

Pedro ha visto salir a Judas. Por Juan conoce ya quien es el traidor. Jesús insiste en que les va a dejar. Los ánimos de Simón no están para sublimidades en el amor al prójimo. Pregunta al Maestro:

Señor, ¿a dónde vas?

Jesús capta al vuelo el disgusto interior de Pedro. Con suavidad le advierte:

Adonde yo voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde (Jn., XIII, 36).

No es pequeña concesión la seguridad de seguirle a donde los contrarios orgullosos no podrán seguirle. Tal seguridad debiera bastar a Pedro. Mas Pedro no está de humor. Se obstina y vuelve a recalcitrar como en el lavatorio de los pies (§ 390):

Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? ¡Yo daré mi vida por ti! (Jn., XIII, 37).

Día llegará en que Jesús confirme y acepte este ofrecimiento de Simón. Ahora lo encuentra tan imbuido de propia excelencia que se ve obligado a quitarle de los ojos la venda que le oculta su debilidad como criatura y como discípulo:

Que darás tu vida por mí? En verdad te digo, Pedro, que hoy mismo, en esta noche, tú, antes de que el gallo cante la segunda vez, me negarás tres veces (De Mt., XXVI, 34; Mc., XIV, 30; Lc., XXII, 34; y Jn., XIII, 38).

E inmediatamente añade:

Simón Simón!, mira que Satanás ha solicitado poder cribaros como al trigo. Pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, vuelto sobre ti, confirma a tus hermanos (Lc., XXII, 31-32).

La condición varonil de Pedro se siente humillada. El brío del amor propio le impide advertir quien le avisa y la atención de anunciarle que, si caerá, no desfallecerá desesperándose. Precisamente por razón de esta advertencia, la Iglesia ha entendido que las decisiones de Pedro son obligatorias en sí y no por el consentimiento de los demás apóstoles y discípulos. Pedro es el que confirma en la fe a sus hermanos y no al revés. La profecía se verificará pero ahora Simón se siente hombre y no está dispuesto a ceder. No consentirá que pueda él pecar de cobarde y de prevaricador. Al mismo a quien ha confesado como Cristo e Hijo de Dios vivo, se lo niega:

Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte (Lc., XXII, 33).

Marcos, el amanuense de Pedro, nos transmite con mayor vigor sus enteras palabras:

Aunque tenga que morir contigo, no te negará (Mc., XIV, 31).

El calor de Pedro estimula a los otros diez apóstoles. Protestan ante el Maestro de su fidelidad presente y futura. Tampoco ellos le abandonarán. Jesús les deja decir. Tina vez que concluyen les reitera lo predicho a Pedro pero con mayor benignidad y anticipándoles igualmente la pronta reconciliación:

Todos vosotros os escandalizaréis de mi esta noche porque escrito está: «Herirá al Pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño». Pero después de mi resurrección irá delante de vosotros a Galilea (Mt., XXVI, 31-32).

Se ha remitido a una prueba suya, la concluyente, y ha invocado sin nombrarle, a Zacarías, XIII, 7. Este es el tercero de cuatro de los doce profetas menores, cuyos textos aparecen sólo en el evangelio de Mateo. Con frecuencia conocen mejor la verdad de la cita los perseguidores de Jesús y de su causa que los mismos fieles. Así, la vida sacramental queda herida de muerte cuando desaparece o no aparece el pastor. De siete sacramentos o canales de la gracia, cinco suponen al sacerdote. Y el bautismo y el matrimonio, los que restan, si no lo precisan para su existencia, sí para su vigor, dignidad y continuidad.

Por un momento los once guardan silencio. Pedro se indigna en su interior contra la posibilidad misma de la claudicación colectiva. De nuevo se revela y protesta:

Si todos se escandalizan de ti, yo nunca me escandalizará (Mt., XXVI, 33).

Le aguijonea su orgullo de varón y habla como si ni siquiera hubiera pecado en Adán. Jesús no vuelve a contradecirle. Igual que el padre del hijo pródigo, pasa por sufrir merma en su autoridad antes de que una palabra más le haga desmerecer en el amor del ser querido.

Recuerda únicamente a los once que si hasta este momento nada les ha faltado, ahora deberán proveerse de lo necesario. Su Maestro —como profetizara Isaías, c. LIII, y. 12—, va a ser contado entre los malhechores. Deben hallarse prevenidos en la hora de la prueba. Por sí solos habrán de procurarse alimentos y defensa. Cuanto los profetas vaticinaron acerca del Mesías está a punto de verificarse en su plenitud:

Porque lo mío toca a su fin (Lc., XXII, 37).

No entienden este lenguaje figurado. Imaginan que el Maestro solicita de ellos cooperación armada. Respetuosamente le presentan los efectivos:

Señor, he aquí dos espadas.

Él, paciente, les responde:

Basta (Lc., XXII, 38).


El coloquio

La séptima parte del evangelio espiritual

A la última cena corresponden en el evangelio de S. Juan cinco de sus veintiún capítulos, cerca por tanto de la cuarta parte de su extensión.

Tres de estos cinco capítulos integran el coloquio propiamente dicho. Se lleva, en consecuencia, la séptima parte de su evangelio. Es coloquio y no discurso. El Hijo del hombre explaya sus sentimientos como en ningún otro momento de su vida apostólica y admite cualquier pregunta y observación, sin que se le escape reacción alguna de sus oyentes e interlocutores. Le preceden varios episodios, como de movimiento, que sosiegan a los apóstoles antes de captar del todo su atención y sus afectos. Pueden incluirse entre ellos los ya referidos de la discusión sobre prioridades, el lavatorio, la denuncia de la traición de Judas y la predicción del doble escándalo, el de Pedro y el colectivo. La conversación de Jesús es tan natural que si se disponen en círculos, por capítulos, los asuntos tocados, estos, tanto por su variedad como por su elevación, se disparan hacia el infinito apenas comenzar. Cinco son las intervenciones recogidas por Juan, tres de otros tantos apóstoles en el capítulo XIV, y dos, colectivas, en el XVI. Unas y otras difícilmente podrían haberse dado fuera de este momento y de esta intimidad, únicos.

Las confidencias se inician alentando Jesús la fe de los apóstoles. Les exhorta a conservar la paz interior:

No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas (Jn., XIV, 1-2 a).

No cabe que allí el puesto conseguido se pierda por la rivalidad de los émulos. No les engaña. Le deben creer, tanto al menos por su veracidad como por su bondad. El acento es afectuoso:

Si no (fuera así), os lo habría dicho: Porque voy a prepararos lugar. Y cuando os haya preparado lugar, despu1s de irme, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y el camino hacia donde yo voy, lo conocéis (Jn., XIV, 2 b4).

No abandona a los que toma por suyos. Encariñado con ellos, si se marcha es con objeto de hacerles sitio junto a Él y regresar y llevárselos consigo para siempre. De su parte hay fidelidad plena. La esperanza cristiana de todos los siglos, el ¡Ven, Señor Jesús! con que el mismo Juan cierra el Apocalipsis (XXII, 20), tienen en esta promesa uno de sus más sólidos fundamentos. Marcha al Padre y el camino que deja abierto y señalado no es otro que el de la guarda de los Mandamientos, el de los preceptos de su Iglesia y el de los consejos que van más allá de leyes y preceptos.

Intervenciones de Tomás y de Felipe

Tomás es uno de esos caracteres extraños que con sus salidas sorprende continuamente a los demás.

Señor —dice—, no sabemos a dónde vas, y ¿cómo podemos conocer el camino? (Jn., XIV, 5).

Jesús,- en cambio, se comporta siempre como Él es: Tan fiel a sí mismo y a su misión en la intimidad de los discípulos como ante la oposición de los adversarios. Nada ni nadie le sorprende y cuanto hace y dice tiene razón de ser y continuidad. Con plena conciencia de su Persona, lo que esconde dentro aflora sin violencia. Así responde al Dídimo o Gemelo con mansa dignidad:

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn., XIV, 6 a).

Es Camino hacia el Padre, Verdad transcendente para el hombre, semilla y planta de Vida Divina en el terrón de la naturaleza humana. Y todo ello con carácter único y exclusivo. Por proceder Él solamente del seno del Padre; por conocer como nadie el culto y la adoración que le satisfacen; por traer para el ser humano la Carne, la Sangre y el Espíritu nuevos que le vivifiquen para siempre. Dar con Él es acertar con la vía que lleva al Padre. Y conocerle equivale a dar con su personalidad divina, porque conocerle a Él es sinónimo de conocer al Padre, al Dios Vivo de Israel. Ni siquiera ellos, los apóstoles, han acertado del todo con este blanco:

Nadie llega al Padre sino por mí. Si me hubierais conocido a mí, ciertamente hubierais conocido también a mi Padre. Desde ahora le conocéis y le habéis visto (Jn., XIV, 6 c-7).

Apenas si el Maestro se queja. Conoce lo malparado que en orden a convicciones ciertas ha quedado el hombre por sus pecados, el original, en raíz, y los personales, sin cuento ni medida. Sabe que para el corazón humano la prueba decisiva del amor no es la de las razones sino la del dolor. Por eso no le irrita la pregunta intempestiva de Tomás, eco retardado de la de Pedro (§ 396). Espera sin desesperar. Y alienta sin cansarse. Por Él conocerán al Padre al instante. Aunque no: Reflejamente ya le han visto y conocido, viéndole y conociéndole a Él.

La bondad del Maestro con Tomás mueve a Felipe a exponerle una aspiración insólita.- Respetuoso en la forma, refleja en cierto modo la duda más recóndita de los apóstoles y del hombre mismo. Si accede, cualquier titubeo ante sus doctrinas y proposiciones desaparecerá:

Señor —le sugiere—, muéstranos al Padre y nos basta (Jn., XIV, 8).

Felipe es uno de los discípulos menos indicado para formular semejante propuesta. Tres días hace que al solicitar él con Andrés audiencia para unos gentiles, escuchó la voz del Padre accediendo a la petición del Hijo de glorificar su nombre santo: Le he glorificado y de nuevo le glorificaré. Pero en la propuesta de Felipe, a diferencia de otras similares hechas por adversarios, no hay odio ni burla. Sabe su Señor que viene dictada por la momentánea incapacidad para un raciocinio profundo. Felipe parece reclamar la evidencia de la existencia del Padre a fin de poder otorgar pleno crédito al Hijo y al mismo Padre. Pide algo espectacular y concluyente, igual que si nada hubiera presenciado y escuchado durante tres años junto a Aquel de quien escribieran Moisés y los profetas. Como si las pruebas de la filiación divina de Jesús aducidas hasta este momento por Él, carecieran de peso alguno en el ánimo del discípulo. Y lo que es más grave, como si la fe en su palabra no fuera el tributo primero e indispensable reclamado por el Hijo para conseguir la visión directa del Padre.

Jesús no se inmuta ni se da por ofendido. Su respuesta encierra una queja, una reconvención y un razonamiento. Pone en la voz suavidad y dulzura máximas. Felipe ha osado escudarse en el plural. El Señor le reconviene en singular:

Tanto tiempo llevo con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe? (Jn., XIV, 9a).

Insiste en que a los primeros y más cercanos discípulos, para poseer la certeza de la existencia del Padre, les basta el conocimiento directo del Hijo:

El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? (Jn., XIV, 9).

Se dirige a los once: les recuerda sus obras

Vuelve a ejercitar su magisterio dirigiéndose a los once. La petición de Felipe ha revelado un estado de incertidumbre colectiva. Lo acrecienta la tristeza latente por las predicciones del Maestro. Deben creer en su unión íntima con el Padre. Ni sus palabras ni sus obras son las de un mortal cualquiera. Las primeras exceden toda sabiduría creada. Las segundas superan toda posibilidad natural y humana:

Las palabras que yo os digo no las digo por mi cuenta, y el Padre que permanece en mí, Él es quien obra (Jn., XIV, 10 b).

Siempre Jesús se verá obligado a llevar de la mano en la ruta de lo sobrenatural a hijos e hijas de Eva. Cuantos caminos conducen a Dios se tornan oscuros, inciertos y casi intransitables, cuando la desesperanza se adueña del corazón humano. Su mano no extravía. Asidos a ella, guiados por Él, no se pierden. Sólo Él conoce las rutas que llevan al Padre. Sólo Él, guía experimentado, puede mostrar a cada ser humano la senda personal propia. Sólo Él, guía y luz para todos, puede vigorizar un alma con el manjar de su Cuerpo y la bebida de su Sangre. ¿Qué sentido tendría si no, su anterior designación como Camino, Verdad y Vida? Sella el cargo con palabras tan ciertas como humildes. A los que le son fieles y no le regatean su afecto, no ve inconveniente en rogarles con mansedumbre:

Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí (Jn., XIV, 11 a).

Mas puede que sus razones y sus ruegos vuelvan a no bastarles para acertar con esta identificación total con el Padre. En tal eventualidad les remite a igual prueba que a los contrarios más contumaces (§ 287):

Si no (creéis por el testimonio de mis palabras), creed por (el de) las mismas obras (Jn., XIV, 11 b).

No solamente sus obras. También las de los propios apóstoles y las de los discípulos, acreditarán ante ellos la comunidad de esencia y de acción entre el Padre y el Hijo.

Ni el Padre es susceptible a la gloria del Hijo ni el Hijo a la de sus seguidores. Cualquiera de estos podrá hacer las obras que Él hace e incluso las hará mayores. Como el Hijo se identifica con el Padre, el discípulo es identificado con el Hijo. Si el Padre escucha al Hijo, el Hijo escucha y pone por obra las peticiones de los que le invocan. Le es indiferente que se le ponga como intercesor ante el Padre o que se dirijan a Él directamente. Participan de la misma gloria común y no temen que disminuya porque de ella participen también los verdaderos adoradores de Dios. Hará lo que al Padre se le pida en nombre suyo. Hará lo que a Él, Jesús,' se le pida en su propio nombre:

Yo haré todo aquello que pidiereis en mi nombre, para que. el Padre sea glorificado en el Hijo, Yo haré cualquier cosa que me pidiereis en mi nombre (Jn., XIV, 13-14).

No les dejará huérfanos

Ha exhortado a la fe. Ha estimulado la esperanza de los Apóstoles. Realizarán prodigios y tendrán su apoyo en absoluto y casi incondicional. Mas para que sus discípulos pidan lo que deben, conocerán también, en todo momento, si no lo quieren ignorar, lo que deben pedir.

El mal se sigue de cualquier deficiencia. El bien requiere un complejo de causas y condicionamientos plenamente aceptables. Los que le aman atenderán no sólo a los fines sino también a los medios y a las circunstancias. Ni el fin bueno justifica los medios malos ni el fin malo los medios buenos. Tampoco por el mero hecho de que algo sea lícito lo tendrá cada uno por conveniente para sí e inofensivo para los demás. La guarda de la Ley Cristiana ha de ser perfecta y brillar en lo poco y en lo mucho, sean favorables o adversas las situaciones. Esto es lo digno de Él y del cristiano. Así se le probará el amor que se le tiene y que reclama:

Si me amáis, guardad mis mandamientos (Jn., XIV, 15).

Tal amor consecuente excede la capacidad ordinaria de la condición humana. Una llama se enciende con otra llama. De ahí que la siguiente promesa sea la del Paráclito. Este segundo Consolador, a diferencia del primero, permanecerá con ellos para siempre. Lo describe como el Espíritu de la Verdad, que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce (Jn., XIV, 17 a).

Se precisa hallarse muy poseído por la sinceridad del Maestro para aceptar y vivir la verdad integral como Él. Esta afecta a todo el hombre. De lo especulativo deriva a lo práctico y de lo intelectual a lo moral. Los conjuntos humanos que hacen masa y forman bloque, aceptan verdades parciales y fragmentarias pero se obstinan en no rendirse ante la verdad total. Aunque se les engañe y se engañen y sufran de resultas los horrores de los errores, se adhieren a las verdades dimidiadas o cuarteadas o diezmadas y desechan la verdad entera. Los que, por el contrario, no rechazan la predicación sin fisuras de Jesús, poseen ese Espíritu de Verdad, permanece en ellos, lo conocen. Les promete alcanzar del Padre que la asistencia de ese Espíritu sea permanente.

Pero no le basta con esto. El corazón no le sufre un abandono personal y prolongado. Quedarían desamparados sobrenatural y también naturalmente. En cualquiera de los dos planos criatura ninguna puede suplir en ellos la acción y la dedicación del Cordero de Dios:

No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros (Jn., XIV, 18).

Muy pronto quedará oculto a los reacios en dar crédito a su palabra y a sus hechos. Ellos volverán a verle y le tendrán consigo: Corporal, esptri-mal, sacramental, místicamente. Se lo razona: Porque yo vivo y vosotros también viviréis (Jn., XIV, 19). El que vive con vida eterna no puede dejar de vivir su vida divina. Al participar ellos, por gracia, de esta misma vida divina, la vivirán como Él, le vean glorificado o no. Llenos con la vida de Dios, no abrigarán duda alguna. Conocerán y experimentarán que Él está en el Padre, ellos en Él y Él en ellos. Si hasta el presente lo han intuido, al punto lo comprobarán, lo comprenderán y lo aceptarán. Después lo verán.

La custodia de la ley moral es la prueba del amor que se le tiene. Y al contrario: El amor a Él se acredita en la recepción y la observancia de sus mandamientos. Les reitera y subraya la equivalencia entre la dilección que Él desea para sí y la guarda de sus preceptos y consejos:

El que ha recibido mis mandamientos y los guarda ese es el que me ama (Jn., XIV, 21 a).

En el Padre y en Él, afectividad es sinónimo de efectividad. Lo propio reclama de sus discípulos. Pueden comenzar por el amor o por las obras. En cualquiera de los dos casos afectos y efectos han de corresponderse, convertirse y encenderse. Supuesto esto, el que le ama a Él es amado por el Padre y de tal manera correspondido por el Hijo, que Éste se le manifestará.

Pregunta de Judas Tadeo

El tono íntimo y confiado de Jesús caldea los ánimos de los apóstoles. Las resistencias interiores van cediendo y otro de ellos pasa a interrogarle. Es Judas, no el Iscariote sino el Tadeo, hermano de Santiago el Menor y primo como éste de Jesús:

Señor, ¿qué pasa para que te manifiestes a nosotros y no al mundo? (Jn., XIV, 22).

Si alguno me ama —le responde—, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a Él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y mi palabra no es mía sino del Padre que me ha enviado (Jn., XIV, 23-24).

El Hijo no pasa por el menosprecio del Padre. El Hijo exige y espera la guarda de sus enseñanzas, la puesta en práctica de sus doctrinas, por ser tan del Padre como suyas. El que le acepta con esta consecuencia, acepta a la Sabiduría Eterna, a la Palabra del Verbo Divino, y se hace acreedor al amor del Padre, a la gratitud del Hijo y a la visita del Padre y del Hijo. Se le promete la presencia constante y el trato familiar de las Divinas Personas. En la medida en que cada ser humano reciba y guarde su palabra, la humanidad poseerá mayor conocimiento de Dios y más brillará la luz en las tinieblas. Indirecta y tácitamente le dice que si no se manifiesta al mundo en el grado en que lo hace con ellos, es por la resistencia de los hijos del mundo y de su príncipe a escucharle, a creerle, a amarle, y a guardar su palabra, la del Verbo de Dios. Lo mismo que dijera a los judíos en la Fiesta de los Tabernáculos (§ 253).

Refuerza los ánimos

A partir de esta aclaración habla por efusiones o anhélitos. Los afectos salen de su Corazón como llamaradas, progresivamente más intensas y luminosas. Vuelve sobre las promesas hechas. Las confirma y las amplía.

En los ojos de los Apóstoles lee un sentimiento inevitable de pena. ¿Qué pueden hacer ni decir ellos sin Él? Si Él se obstina en partir, ellos, lo quieran o no, se quedan sin palabras de vida eterna (§ 184). Sin la Palabra Viva que precisan para no desertar de la realidad, como otros.

Lo entiende Jesús y les anima a sobreponerse. El Paráclito, el Espíritu Santo, no sólo les consolará: Substituirá al Maestro en su Magisterio. Les enseñará todo cuanto precisen para su misión y cuantas cosas les ha dicho Jesús se las recordará. Confirma aquí lo que Él ha enseñado en otras ocasiones, registrado por Mateo y por Lucas: El Espíritu Santo hablará por boca de los Apóstoles ante gobernadores y reyes e inspirará a los discípulos ante los tribunales. Esta acción instructora del Paráclito la ha ido señalando el evangelista Juan en lugares anteriores de su evangelio (II, 22; XII, 16; XIII, 7).

Por otra parte, les deja y les da su paz, la que anunciaran los ángeles en Belén, la que aporta salud para el cuerpo y felicidad para el alma. Paz de Dios, no del mundo. La humana es, a menudo, puramente externa, de apariencia, cumplimiento y coexistencia. La de Él se adentra en el alma, en la voluntad, lleva a dar al Creador y a las criaturas lo suyo y hace factible la convivencia sincera. Puesto que se la da como no la da ni la puede dar el mundo, han de estimarla y custodiarla. Para conservarla no deben dejarse impresionar excesivamente por nada adverso que les suceda:

No se turbe vuestro corazón ni se acobarde (Jn., XIV, 27 b).

Con la paz de su Maestro han de ser tan dueños de sí mismos como animosos, valientes y esforzados. Porque experimenten la tribulación no han de perder la iniciativa ni la acometividad. Los objetivos no se consiguen ausentándose perpetuamente de los campos en que se ganan las batallas.

Por lo mismo deben mirar al porvenir con mayor esperanza. Cuanto ocurre coopera al bien de los que aman a Dios (Rom., XIII, 28). Si le amasen sin ninguna reserva se alegrarían con su regreso al Padre. En cuanto hombre ha peleado el buen combate, ha rematado su carrera, ha guardado la fe (2 Tim., IV, 7). Si el Padre está deseoso de otorgarle la corona de la justicia, ellos, los hermanos del Hijo, deben gozarse con la proximidad de su plenitud gloriosa. Les previene para que cuando esta se manifieste en la tierra, no permanezcan indiferentes y apáticos, desechen dudas y temores, admitan la realidad, reaccionen. En una palabra, crean.

Se ha explayado para reforzarles la confianza. No hablará ya mucho con ellos. La comunicación será interrumpida bruscamente. Se acerca el príncipe de este mundo. Nada puede contra Él; sí contra ellos. Mientras habiten la tierra y sean de tierra y no consigan la gloria, en algo estarán inficionados por su proceder y sentir. Se esforzará por apartarles del Maestro. Defendidos por Él, constará ante toda carne lo principal:

Es menester que conozca el mundo que amo al Padre y que tal corno el Padre me ha ordenado, así obro (Jn., XIV, 31 a).

Sometiendo en todo y hasta el fin la voluntad humana al plan salvífico de Dios, prueba su amor al Padre. En esto consiste su manifestación al mundo. Para que resplandezca la luz, acepta de plano la ignominia de la cruz. Únicamente si los humanos no se escandalizan de tal obediencia reputándola como locura e insensatez, se les hará patente la profundidad, la belleza y el valor de la dilección divina.

Las cuestiones de los himnos del Hallel

A continuación les dice:

Levantaos. Vámonos de aquí (Jn., XIV, 31 b).

Pero ¿abandonan inmediatamente la sala del Cenáculo? El tránsito al otro lado del torrente Cedrón lo fija el mismo evangelista después, al comienzo del capítulo XVIII. De aquí que con razón se estime que la salida fue, a lo sumo, del Cenáculo, no de la ciudad. Opinan otros que no abandonaron el Cenáculo hasta después de bien concluida la Cena y la sobremesa. Clásico es el comentario de Knabenbauer en este lugar: Saepe dici-mus eamus, tamen non statim imus, sed aliquantulum inmoramur (frecuentemente decimos «vamos» pero sin embargo no nos marchamos al momento sino que nos demoramos un tanto).

Por otra parte, según Mateo y Marcos solamente tras cantar los himnos salen hacia el Monte de los Olivos. Y mientras estos dos evangelistas sitúan el anuncio de las negaciones de Pedro en este camino (Mt., XXVI, 30-35, Mc., XIV, 2631), el tercer evangelista y el cuarto lç colocan dentro de la Cena (Lc., XXII, 31-34; Jn., XIII, 36-38) En estos consta expresamente la salida posterior hacia el Olivete (Lc., XXII, 39; Jn., XVIII, 1).

Pero aun prefiriendo el orden de Lucas y en particular el de Juan por su esmero en no perder detalle ni sílaba de esta Cena y en completar a los sinópticos, la referencia de Mateo y de Marcos da lugar a no pocas y pequeñas interrogantes.

En primer lugar cabe preguntarse por los salmos que se cantaron. ¿Fueron los del Hal-lel egipcio (salmos CXII-CXVII en la enumeración de Ea Vulgata), los del gran Hal-lel (CXIX-CXXXV en la misma), los del pequeño (CXLVI-CL), o bien el salmo CXXXVII, himno de acción de gracias con el que se podía concluir la sobremesa, añadiendo una quinta y última copa?

Si recitaron los usuales en la cena pascual, los del Hal-lel egipcio, ¿fueron entonados de una vez o en dos partes (el CXII y el CXIII tras la segunda copa ritual y del CXIV al CXVII entre la tercera y la cuarta copa)?

En cualquiera de estos dos últimos supuestos, surge la cuestión sobre si la institución de la Eucaristía tuvo algo que ver con la tercera copa ritual, la denominada de bendición, o bien con la cuarta, la que se bebía al entonar el verso 26 del salmo CXVII (¡Bendito el que viene en el nombre de Yahvéh! Desde la Casa de Yahvéh os bendecimos).

Estas y otras preguntas carecen de fácil respuesta porque las soluciones están en función del interrogante principal: ¿Se atuvo el Señor al ritual vigente en esta celebración o al establecer su propia Cena Pascual, anticipando en un día la conmemoración de la antecedente, se dispensó del ceremonial, incluso en lo referente a los salmos señalados?

Lo que con certeza se sabe es que Jesús y los Apóstoles cantados los himnos (vccrç), salieron hacia el Monte de los Olivos. El dato es, con todo, tan estimable que en la hipótesis del Hal-lel egipcio, la ordinariamente aceptada, contribuye a explicar los estados emotivos en el Maestro y en los discípulos de que siguen dando fe los capítulos XV, XVI y XVII de S. Juan.

Nadie que pueda, como los Once, exaltar a Aquél que, sentándose en las alturas, baja para ver los cielos y la tierra. Él es el que les ha hecho surgir del polvo y del estiércol y les ha colocado con los príncipes de su pueblo (S. CXII). Ellos le han visto cambiar la peña en un estanque y el pedernal en una fuente (S. CXIII). Las naciones no podrán preguntarles despectivamente: ¿Dónde está su Dios? Lo han tenido y lo tienen delante de ellos. Y no de plata y oro, cual los ídolos obra de mano de hombre. Un Dios con boca y que habla; con ojos y que ve; con oídos y que oye; con nariz y que huele. Un Dios que posee manos y toca; pies y anda. Ellos, con Él, serán fuertes y vivirán en la tierra de los vivos para, bendecir a Yahvéh como Él les ha enseñado personalmente, ahora y por siempre (S. CXIII).

En esa tierra han caminado en su presencia. Esto y el desatarles Él de sus lazos, es garantía de que cumplirán sus votos a la vista del pueblo de Dios y en los atrios de su Casa (S. CXV). Con pueblos y naciones ensalzarán su amor y su lealtad (S. CXVI). Con Él a favor, ¿qué puede hacerles el hombre? Confían en Él, no en magnates. Vivirán, no morirán, y vencerán a los gentiles. Y aunque Él les pruebe, Él será su salvación. La gran maravilla para sus ojos, ha sido la piedra que los constructores desecharon. Esta es y será la piedra angular de sus vidas, su salvación, su éxito, su bendición, su luz. Ellos, los Once, más y mejor que mortal alguno, pueden afirmar: ¡Tú eres mi Dios, yo te doy gracias, Dios mío, yo te exalto! E invitar a sus semejantes ¡Dad gracias a Yahvéh, porque es bueno, porque es eterno su amor! (S. CX VII).

Ellos son como el hijo que después de responder no quiero, recapacita y obedece. O bien, los nuevos labradores contratados para que a su tiempo paguen los frutos de la viña.

Jesús, la vid verdadera

El símbolo de la viña, tan entrañable para Isaías (v, 1-7) y para Jeremías (XII, 10), lo transforma Jesús en alegoría. Con ella el coloquio de la Cena avanza hacia las efusiones más vivas.

Los frutos de la vid mística son procurados directamente por el Padre, el viñador. Él planta y poda, arranca y quema. La vid verdadera, la que ha dado ya el fruto eucarístico y los sarmientos de los discípulos, es el propio Jesús. Por eso, por ser sarmientos de esta vid, los frutos de los Apóstoles..presentes son seguros. Jesús no les faltará. Él permanecerá en ellos. En reciprocidad, ellos han de esforzarse por permanecer unidos a Él, porque siempre se hallará dentro de lo posible que puedan serle infieles.

La realidad de esta unión condiciona absolutamente la abundancia y la existencia misma de los frutos. Sin unión entre vid y sarmientos estos no llevan fruto alguno, ni poco ni mucho. Tampoco los discípulos de Jesús llevan frutos sobrenaturales de no estar unidos con Él. En el orden transcendente y en el plano superior de lo divino, todo resultado positivo es absolutamente inasequible sin la unión vital con el mismo Ser Divino. En este sentido el aserto del Maestro es concluyente:

Porque fuera de mí nada podéis hacer (Jn., XV, 5 c).

La esterilidad culpable del que creció unido a la vid mística y luego se apartó voluntariamente de ella, la significa con el mismo símil:

Si alguno no permanece en mi es arrojado fuera como el sarmiento y se seca. Lo recogen y echan al fuego y arde (Jn., XV, 6).

Por el contrario, Padre e Hijo son los más interesados en la abundancia de frutos de los que permanecen unidos con el Hijo. Por sólo esto, cualquier discípulo da mucho fruto; el Padre lo limpia para que dé más fruto. Unidos con Él, pedir —les dice— lo que queráis y lo conseguiréis (con la única condición de que sus palabras permanezcan en ellos). Mi padre —les certifica— es glorificado en que deis mucho fruto (precisamente por ser discípulos suyos).

El amor es la savia que hace fecunda la comunicación entre Jesús y los Apóstoles. Les ama con el amor divino con que el Padre le ama a Él. Quiere, pese a la debilidad humana, que el amor de sus discípulos sea tan genuino como el suyo. Él es un hijo obediente. Él ha guardado los mandamientos de su Padre. Aunque la obediencia le resulte humanamente costosa y pueda suponerle el sacrificio de la vida temporal, Él, el Hijo, permanece en el amor del Padre. De modo idéntico han de proceder ellos: Fieles a la dilección del Hijo, incluso en el supuesto de que la observancia de los mandamientos del Padre y de los que Él les impone y ellos aceptan, apareje la oblación cruenta o incruenta de la vida.

Les habla con desacostumbrada efusión. Si se abandona a sus afectos, si les revela sus sentimientos más recónditos, es porque su Corazón goza con la dilección de sus Apóstoles y porque quiere que el gozo de ellos, en estos momentos de intimidad divina, sea un gozo pleno. Por lo mismo que no recela de la gloria y de los frutos legítimos de sus discípulos, Él, por sí, procura esta plenitud de gozo:

Estas cosas os he dicho para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea completo (Jn., XV, 11).

El mandamiento del Maestro

Él se da sin poner límites a sus créditos y a sus entregas. Pide, en cambio, correspondencia generosa a su generosidad. Por sexta vez, con un matiz diferente, vuelve al gran asunto del coloquio:

Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (Jn., XV, 12).

Mío: Porque el amor con que ama es divino y este amor hace posible al hombre lo que por naturaleza le resulta imposible. Mío: porque jamás mortal alguno podrá proponerse como modelo de amor con los caracteres de universalidad con que lo hace Él. Mío: porque la aceptación de este su mandato constituye el blanco principal de su carrera apostólica.

No es tan raro que modernas comunidades cristianas olviden racismos, prejuicios y convencionalismos ante gestas humanitarias como la heroica del P. Damián de Veuster, leproso por caridad con los leprosos. Precisamente en Molokai, sobre la cruz de piedra que recuerda su gesta, quisieron grabar manos europeas una inscripción. Es la sentencia con la que Jesús en este coloquio indica a los Apóstoles la meta suprema a la que han de apuntar en su amor al prójimo:

Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn., XV, 13).

Brotes de la misma raíz, efectos de idéntica causa, son los adalides del amor cristiano de todos los tiempos. Las promesas de amistad y de intimidad del más leal de los amigos, les impulsan a llegar hasta donde el Maestro: Hasta la caridad total, perfecta, inmolada. Con razón siempre el martirio es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad.

Tanto vale la inmolación de la voluntad propia ante la suprema del Hijo del hombre, que merecen de Él la elevación del carácter natural de siervos de Dios a la condición de amigos suyos y a la de confidentes de Él y del Padre:

Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace su amo. A vosotros os he llamado amigos porque todo lo que he oído a in¡ Padre os lo he dado a conocer (Jn., XV, 15).

De esta predilección y de sus resultados no podrán ufanarse sin humildad y sin gratitud:

No me habéis elegido vosotros a mí sino que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y llevéis fruto y vuestro fruto permanezca, de modo que todo lo que pidáis al Padre en ini nombre os lo conceda (Jn., XV, 16).

Sus designios, por tanto, son de acción, no de inmovilidad; de fecundidad, no de esterilidad. Por tercera vez lo manifiesta expresamente. Con la condición tácita de que permanezcan unidos a Él y la expresa de que se amen unos a otros, su Padre les concederá cualquier cosa que le pidan en su nombre. Aval de esta promesa es la palabra del Hijo Unigénito. La omnipotencia de Dios queda puesta al servicio de los elegidos del Maestro: Tal es la gloria que se tributa a la divinidad esforzándose ellos en observar su mandato por excelencia y observando de hecho el más encarecido de sus encargos:

Esto os encomiendo, que os améis los unos a los otros (Jn., XV, 17).

Les previene sobre el odio del mundo

Jesús quiere inmunizar a sus Apóstoles contra una realidad de la que no podrán desentenderse.

A lo largo de su trato les ha anunciado repetidamente que les maldecirán, calumniarán, perseguirán, matarán. Ahora se refiere preferentemente al motivo de tal proceder y a sus causas.

Ciertamente que el mundo les odiará. No deben admirarse: A Él le ha odiado antes que a ellos. Y tal odio indica que responden al espíritu del Maestro y no al de los mundanos que imbuyen al mundo del suyo. Señal es, por tanto, de autenticidad cristiana experimentar oposiciones parecidas a las de Él. Se ha desconfiado de su palabra. Se ha escudriñado su doctrina. Con mayor razón se desconfiará de las palabras y se escrudriñarán las doctrinas de ellos. Siendo Él y su nombre la causa principal y última de las persecuciones, no harán más que seguir la suerte de su Señor.

Él ha sido el primer aborrecido. No ha venido a exponer su doctrina por el placer de que le rechacen y le odien, mas si lo hacen, pecan y no tienen excusa. No la tienen porque odiarle a Él es odiar al Padre que le envía. Es menospreciar y negar las pruebas excepcionales que acreditan su misión, pruebas que ningún otro ha hecho. Es repudiar de plano la bondad, la ciencia y la providencia divinas y hacer buena la sentencia de la Escritura en los salmos XXXIV, 19 y LVIII, 5: Me odiaron sin razón.

Se comprende que ante semejante posible destino retroceda la criatura humana. Con todo, la sensibilidad al dolor no ha de hacerles perder la serenidad. A pesar del odio y de la persecución e incluso como consecuencia de ellos, serán testigos del amor de Dios a los hombres. El Espíritu de la Verdad, el Consolador enviado por el Padre y el Hijo, hablará mediante ellos y ellos con Él testimoniarán acerca de su Maestro. Para esto han sido preparados: Para ser testigos de excepción. Ellos han sido los únicos que desde el comienzo de su acción salvadora han estado con Él.

Les es más explícito todavía. No sólo les azotarán en las sinagogas (Mt., X, 17) sino que les expulsarán de ellas. E incluso llega la hora en que todo el que os mate estime que él tributa un obsequio a Dios (Jn., XVI, 2b). El desconocimiento premeditado del Padre y del Hijo llevará a cometer tales excesos. Se lo anticipa para que cuando llegue el momento recuerden que se lo había anunciado.

No trata de asustarles. Les previene contra esta otra piedra de tropiezo. Imposible es que resten en la tierra sin experimentar el riesgo de los escándalos. Pero estos no serán mortales para ellos. No lo quiere Él. Las veletas de intereses y criterios humanos girarán como locas. Ellos, pilotos de adversidades, permanecerán firmes junto al timón. Saben a qué atenerse. Al estar Él con ellos no fue preciso que desde el comienzo les previniera con la nitidez suma de esta hora. Por la correspondencia de los más a la predicación de su Señor y por los avisos graduados de Éste, podrán colegir la suerte que aguarda a los valientes que se decidan a serle fieles en todo. Los mundanos —como atinadamente se ha observado— toleran las verdades a lo sumo, pero no soportan a la Verdad.

El testimonio y la acción del Paráclito

Los Apóstoles escuchan sin pestañear. No desean que se acabe esta comunicación. Según avanza el tiempo y se adentran en la noche la palabra de Dios se les hace más íntima y amistosa. Saben que lo que anuncia se cumplirá indefectiblemente. Le van a perder y les domina la tristeza por una parte. Por otra, prolongan en lo posible el regusto de confidencias y muestras de cariño sin precedentes. En sus corazones calan los afectos del Maestro. Le saben verídico como jamás lo fuera criatura humana alguna. Reconocidos como le están, los sentimientos van y vienen impulsados por la gratitud y la pena.

Lo advierte Jesús y se lo hace notar:

Ahora me voy al que me ha enviado y ninguno de vosotros me pregunta: «adónde vas?» (Jn., XVI, 5).

Tras saber lo que como a leales les espera, han consentido que el corazón se les inunde de tristeza. Deben reaccionar. El Maestro no reclama ni precisa seguidores ciegos y fanáticos. Los desea y quiere, al contrario, conscientes y despiertos. No sólo no les engaña ni les extravía. Les guía, además, por sendas de claridades:

Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya. Porque si yo no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito, pero si me voy os lo enviaré (Jn., XVI, 7).

Deben seguir concediendo crédito a su palabra. Sin que importe que le hayan de ver alzado en alto. Si le tienen a Él no habrá efusión de Espíritu. Mientras permanezca con ellos no les podrá enviar al Consolador como distinto de Él en cuanto Persona. Por otro lado, concluida su misión, no considera insustituible su presencia física cerca de ellos. Sí lo es, en cambio, la del Consolador.

Por cuarta vez en el coloquio, se refiere al Espíritu Santo. Además de enseñarles cuantas cosas sean necesarias y convenientes para su misión, el Espíritu de Verdad argüirá al inundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn., XVI, 8).

Renegar del amor del Creador. Deshonrar su providencia en la abundancia. Maldecir y blasfemar de ella en la escasez. Condenar por mentiroso a su Verbo, el único plenamente veraz. Despreciarle, perseguirle, odiarle por ser la Verdad: Este es el gran pecado que el Paráclito esclarecerá.

De justicia: Generalmente se es más amigo de reclamar justicia para sí que de concederla al prójimo. O bien de otorgarla a los bienhechores mínimos y parciales pero no al máximo y total. Existen quienes siendo justos con sus semejantes no lo son para con Aquel de quien unos y otros son imagen y semejanza. En este sentido el Hijo del hombre es el gran justiciero. Ha salido por la honra del Padre y le ha hecho justicia, tributándole el culto y la gloria debidos. Bueno con todos lo ha sido en primer y principal término para con la Bondad Suma. Su presencia ha denunciado la injusticia del mundo para con su Creador. Su ausencia constituirá el mayor reproche a cuantos se obstinan en no hacer justicia al Justo por antonomasia.

La humanidad desde ahora sabrá a qué atenerse. El juego del enemigo ha quedado al descubierto. Por la aportación del Cordero de Dios la balanza de la historia podrá inclinarse hacia el platillo del verdadero valor. La virtud no sólo es más amable que el vicio. Es crédito a la sabiduría divina. Es garantía máxima de la felicidad humana. Es el logro más auténtico del ser humano. El Admirable y el Fuerte ha dejado al descubierto el verdadero rostro de los hechos y de las intenciones. A expensas suyas y de los suyos, la mentira, en cualquiera de sus múltiples formas e invenciones, queda desprestigiada y a la vista. El juicio contra el padre de ella, príncipe del mundo, queda definitivamente concluido.

Con dificultad se encontrará un pasaje de este cuarto evangelio en el que el Maestro se manifieste con mayor vivacidad. Dueño siempre del pensamiento, de la palabra y de la acción, hay en este momento del coloquio si no una rectificación en la línea del pensamiento, sí una interrupción en la de la comunicación:

Muchas cosas tengo todavía que deciros, pero por ahora no podéis recibirlas (Jn., XVI, 12).

Se dejaría arrastrar por el deseo de enriquecer al máximo la capacitación de los discípulos. Les haría partícipes en su excepcional generosidad de la plenitud de su saber. Mas no los forma para eruditos entecos sino para testigos arriesgados y con iniciativa propia. Alcanzarán la madurez con el pase por la prueba superior y la acción directa del Espíritu Santo. Difícilmente soportarían ahora todo el peso de la doctrina. Prefiere que primero terminen de aprenderla del proceder de su Maestro y Señor. Nada de atiborrarles con programas desproporcionados e inasimilables.

Dice de sí que es la Verdad pero no quema etapas ni usurpa funciones. El tiempo de las criaturas es orden en la sucesión y al Creador Eterno le merece respeto todo orden legítimo. Se remite a la plenitud de magisterio de su Iglesia. Tal plenitud tiene razón de ser en una Causa Suprema:

Cuando venga Aquel, el Espíritu de la Verdad, os conducirá hacia toda la verdad (Jn., XVI, 13a).

Con estas palabras les promete la prerrogativa del acierto en cuanto a creencias religiosas y a consecuencias morales derivadas de las mismas se refiere. Los problemas de tal índole, por arduos que se ofrezcan, no habrán de arredrarles. La Iglesia creada por Él ofrecerá soluciones adecuadas a las grandes cuestiones de cada época. Como no la quiere enredada en cuestiones puramente temporales, tampoco la quiere alejada y despreocupada de los conflictos dogmáticos, morales y sociales de los hombres. Para resolverlos con acierto ha de plantearlos y estudiarlos primero. Actitudes de alejamiento, de complejo de inferioridad, de desconfianza en las propias fuerzas intelectuales y espirituales, serían las menos indicadas y propicias para la acción docente del Espíritu de Verdad prometido. El magisterio del Paráclito les es vital. S. Pablo escribirá a los de Corinto: Nada podemos contra la verdad sino sólo a favor de la verdad (2 Cor., XIII, 8).

La acción del Espíritu Santo, más que revelar nuevas verdades, completará, explanará y aclarará las reveladas. Les anunciará eventos futuros. Les hará partícipes de la comunicación entre el Padre y el Hijo: No hablará por su cuenta, sino que os dirá todo lo que oye. Como el Hijo ha glorificado al Padre, el Espíritu de Verdad glorificará al Hijo. Dará a conocer lo que es de Jesús como Él ha dado a conocer lo que es común al Padre y al Hijo. La identidad de posesión y de operación entre las tres Personas divinas, quedará patente:

Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibe de lo mío y os lo dará a conocer (Jn., XVI, 15).

Un ofrecimiento excepcional

Los Apóstoles experimentan de lleno la atracción del Maestro sin que puedan apreciar suficientemente el valor de la predilección de que son objeto. Su cordialidad y efusión han servido para reanimarles: Junto a Él no corre el tiempo. Las predicciones anteriores en lo que tenían de amargas y adversas quedan ya un tanto olvidadas.

Una alusión de Jesús a su inminente separación provoca las conjeturas de los Once. Por seis veces ha empleado la misma o parecida referencia a su partida. ¿No la entienden o más bien rehúyen entenderla? De los Once algunos hacen comentarios. No se sienten dominados ni fascinados e inquieren sobre la alusión. Lo advierte Jesús y les dice:

Preguntáis entre vosotros sobre esto que os he dicho: «Dentro de poco ya no me veréis; de nuevo un poco y me veréis». En verdad, en verdad os digo: Vosotros lloraréis y gemiréis mientras el mundo se alegrará. Vosotros os entristeceréis pero vuestra tristeza se convertirá en gozo (Jn., XVI, 19-20).

Poco les falta para completar su visión de la Persona del Maestro y su conocimiento de la misión del mismo y de la suya de enviados. Por no haber desechado la Luz, la Luz les iluminará. Pero habrán de resistir como varones en el yunque de la contradicción. Tanto más les resultará sensible la prueba del dolor, cuanto que sus tristezas, lágrimas y gemidos obtendrán como eco el silencio despreciador cuando no el regocijo y el escarnio.

No han de temer. Grande es el dolor de las madres en las angustias del alumbramiento. Pero alcanzan a soportarlas para ser las primeras en dar la bienvenida de su sonrisa a los frutos de sus entrañas o- para merecer Con su dolor la bendición del Artífice Supremo. Con el gozo de la maternidad pronto se desvanecen los recuerdos- de las angustias. Cuando los hijos son queridos y no aborrecidos por los seres espirituales y libres que los engendran, son frutos más del corazón generoso que del estímulo del sexo. Por esto, porque todo es limpio para los limpios, utiliza Jesús la comparación que a los suyos podía resultar más expresiva.

Sin embargo, los hijos mejor recibidos pueden convertirse en verdugos de sus progenitores y la alegría de un día trocarse en lágrimas de muchos años. No ocurrirá así con el gozo de los amigos del Esposo al verle de nuevo. Nadie podrá arrancárselo. Perecerán con la alegría del triunfo de su Señor en el corazón y con la dulzura de su nombre en los labios.

No les promete únicamente asistencia en el orden del pensamiento y de las verdades religiosas o de las relacionadas con ellas. Va más adelante, reiterando ofertas anteriores. El Padre les concederá lo que le pidan en el nombre de su Maestro y Señor. Y les exhorta a que se decidan a poner por obra su ofrecimiento:

Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis para que vuestro gozo sea colmado (Jn., XVI, 24).

Ya se entiende que la rúbrica de Jesús no debe servir de aval para solicitud alguna que desdiga del honor divino y de la dignidad humana. Así y todo, Él no señala límites a la dadivosidad del Padre. Y empeña su palabra -al aseverarles que si piden recibirán. Les exhorta en plural. Esto no supone que excluya las peticiones particulares de cada Apóstol. Puede significar, sin embargo, la mayor fuerza impetratoria de la oración comunitaria, máxime cuando se intercede por las grandes causas de la persona y de la sociedad, del mundo y de la Iglesia. En cierto modo la concesión es omnímoda con sólo una condición: que la petición suponga la unión firme y sin claudicaciones de las voluntades de sus Apóstoles.

El Padre les ama

Hasta el presente les ha hablado de los misterios de Dios .y de la religión por símiles y comparaciones, por parábolas.

Era obligado proceder así para atemperarse a la condición humana, para no forzar la adhesión con la evidencia de lo revelado. Si hubiera procedido de manera contraria no habría respetado la libertad de su determinación personal. Se trataba de aportar los datos para que ellos efectuaran el cálculo y obtuvieran el resultado; de exponer las premisas para que ejercitaran el raciocinio y sacaran la conclusión. Una vez verificada la prueba principal y definitiva, desde el momento en que ellos aceptan sin reservas la palabra del Verbo, metáforas y alegorías están, por demás, de sobra. Ha llegado el tiempo, les dice, en que con toda claridad os instruiré acerca del Padre. Como si no lo hubiera hecho constantemente y en mil formas en los tres años de su magisterio, se aviene a la petición de Felipe en lo posible.

Desde el punto en que no les resta duda alguna sobre la identidad del Hijo con el Padre ni del amor de Éste al darles a su Hijo Unigénito, serán ellos los primeros en valerse del nombre de Jesús como intercesor en sus demandas. Entonces no será preciso que su Maestro ruegue al Padre por ellos. Donde está el corazón del Hijo allí están las complacencias del Padre. Le han tributado el máximo de los obsequios. Le han obsequiado con el más espléndido de los regalos. Han correspondido al amor del Hijo. Han dado crédito a la Palabra de su Verbo. Tal fe y tal dilección le han robado la voluntad:

-...el mismo Padre os ama, pues vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios (Jn., XVI, 27).

De un trazo recapitula su periplo en el tiempo de los mortales. Lo hace con emoción. Esta, al igual que otras de sus síntesis anteriores, pugna con su propósito de no forzar hasta la evidencia la fe de los Apóstoles:

Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre (Jn., XVI, 28).

Ojos y mirada del Maestro reflejan los destellos de un amor sin límites.

Declaración de ellos; advertencia y aliento de Él

Ha conquistado plenamente el afecto y la confianza de sus Apóstoles. Ellos se hallan como avergonzados de haber provocado tantos y tales razonamientos y promesas.

En la primera pausa no algunos sino los más, se apresuran a manifestarle cuanto les dicta la correspondencia a la elección y al amor de su Señor:

Ahora sí que hablas claro y no dices parábolas. Ahora vemos que sabes todas las cosas y no necesitas que nadie te pregunte. Por eso creemos que has salido de Dios (Jn., XVI, 29-30).

Esta declaración evoca y confirma otras, aun siendo menos espontánea y explícita. No pueden menos de darle crédito remontándose a la causa por los efectos. Porque enseña claramente y porque sabe todas las cosas, se persuaden de su procedencia divina. Mas esto no resulta suficiente al Maestro. Requiere para ellos un fundamento más firme, una razón suprema que sostenga la esperanza y la caridad de los Once. Entendimiento, voluntad, memoria e incluso sensibilidad, han de aceptarle, creerle y confesarle como Hijo de Dios y Unigénito del Padre. Esta es la causa suprema de todos los otros efectos. Abrazarla es edificar sobre piedra. No les ve bien fundados sobre esa roca y les hace notar la falta de solidez de su creencia:

Ahora creéis? Mirad, llega la hora —y llegada es— en que vosotros ós dispersaréis cada uno por su lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero ¡confiad!: Yo he vencido al mundo (Jn., XVI, 33).

Se es testigo de Cristo si el Espíritu de Cristo informan corazón y cabeza del testigo de Cristo. Si su fortaleza y su gracia no las sostienen y alimentan, bondades y excelencias humanas claudican en la hora difícil de la prueba. ¿Quién presumirá de fiel a su Señor estribando sólo en la virtud propia? Lo habrán de experimentar para persuadirse bien de ello y enseñarlo a otros, sin necesidad de repetir experiencias de catástrofe: Confortados por Él, todo lo pueden; sin su ayuda, nada.

El Maestro no reitera la defección individual y colectiva para humillarles. Lo hace para que, advertidos de antemano, no les arrastre la desesperación al suicidio. Lo hace para que, si como humanos, tropiezan y caen, como elegidos suyos no tarden en levantarse y buscarle. Le hallarán con más prontitud y facilidad que a su progenitor aquel hijo que lo disipara todo. No tardarán en comprobarlo. Como tampoco la efectividad de las promesas que les ha hecho.

Sí; no les faltarán tribulaciones en su futuro apostólico. No teme recordarles de nuevo y por última vez lo advertido en otras ocasiones. Y no teme porque ellos, sus Apóstoles, vencerán al mundo y a su Príncipe como los ha vencido Él. Revestidos con la Luz, la Justicia y el Amor del Maestro, derrotarán, igual que Él, al Tentador, al Maligno, al que impulsa los hombres al mal (Gén., III, 1-6; Sab., II, 24; Is., XIV, 12 5.; Mt., XII, 28; Rom., V, 12-21; Apoc., XII, 9-12; XX, 2).


ROMA: SÍMBOLOS CRISTIANOS. Los símbolos cristianos abundan en las catacumbas, pero también aparecen en cementerios paganos o comunes, aunque más disimulados. En unas y en otros el pez y el áncora son signos de la nueva religión. Las cinco letras de la palabra griega que corresponde a pez («ichtys») sirvieron como anagrama de Jesu-Cristo-Dios-Hijo-Salvador. Un áncora se prestaba muy bien para representar la cruz. Estos dos símbolos han aparecido juntos y precedidos de las iniciales romanas D M («Deo Maximo») y de dos palabras griegas que significan «Pez de los vivientes», seguidos de una fórmula pagana común en los epitafios sepulcrales. Una paloma, el Buen Pastor, las dos primeras letras del nombre griego de Cristo, una cruz gamada, fueron otros tantos símbolos cristianos.

(Lectura sosegada del libro: Jesús, Escándalo de los Hombres, de S. J. Manzano Martín) Julián Escobar.



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