5 de diciembre de 2022

5 dic. Lc 5, 17-26

Señor, creo firmemente que estas aquí, que me ves y que me escuchas, te pido perdón por todos mis pecados y te doy gracias por este rato que paso en tu presencia. Rato que a veces desaprovecho porque no concentro mi pensamiento en ti. Pero confío en ti, ya que me dices que se ora más con el corazón que con la mente y los labios. 

A mi me pasa lo que al campesino que se encontró con San Benito. San Benito viajaba montado a caballo. Llegó junto a un campesino que, fatigado, a duras penas, avanzaba a pie. El monje desmontó para entablar conversación.

—Eres afortunado al tener un caballo —le dijo el campesino con envidia—. Si yo hubiera dedicado mi vida a la oración, no tendría que viajar a pie.

¿Crees tú que podrías ser un hombre de oración?

—¿Por qué me lo preguntas? ¿No es eso bien sencillo? 

Hagamos una apuesta. Si eres capaz de decir un Padrenuestro sin ninguna interrupción, te daré mi caballo.

—Me lo has puesto fácil —dijo el campesino—. Cruzó sus manos, cerró sus ojos y comenzó a recitar la oración:

—Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga...

Se detuvo y le preguntó al santo:

—¿Me darás el caballo con su silla y sus arreos? ¡Se dio cuenta, ya tarde, de que había perdido la apuesta!

Este pueblo, dice Dios, me honra con los labios,

pero su corazón está lejos de mí. Mateo 15, 8

¿Te resulta fácil la oración?

¿No tienes distracciones?

Julián Escobar.


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